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SEGUNDA PONENCIA:
"Santo, es decir, hombre"
Madrid, 13 de noviembre
de 2004
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Dª Cristina López
Schlichting (Movimiento Comunión y Liberación) |
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Muy buenos días a todos
y gracias por asistir, a horas tan intempestivas, a la exposición.
Gracias a los organizadores del Congreso por haberme invitado
y, en especial, a D. Antonio Cartagena, D. Eloy Bueno de la
Fuente, D. Francisco Porcar, Doña Nuria Gispert, D. Rafael
Serrano, Doña Inmaculada Franco y D. Alfonso Coronel
de Palma por ayudarme y acompañarme en el proceso de
elaboración de la intervención.
1. La pregunta
Quien se presenta ante vosotros
y ha sido elegida para enunciar esta ponencia está tan
sorprendida como vosotros. Dejo a la responsabilidad de los
organizadores del Congreso y de nuestros obispos los efectos,
beneficiosos o no, de la elección. Pero quizá
haya un par de cosas en mi trayectoria personal que expliquen
las razones de gente más sabia.
Me gusta referirme a mi casa
como el lugar donde se fue educando mi persona en una relación
honesta y verdadera con la realidad, pero sin el dato de la
fe. Mi madre (por razón de su matrimonio en época
de Franco), era luterana conversa y derivó en el agnosticismo.
Mi padre a su vez era católico agnóstico o confuso,
de modo que mis tres hermanas y yo crecimos sin certezas sobre
el sentido de la existencia. La rotunda convicción de
que mis padres nos querían hasta dar la vida por nosotros
o de que la vida estaba llena de cosas hermosas (los libros,
el arte, la música, la naturaleza), chocaban en mí
violentamente con la negación de la trascendencia. ¡Qué
vida tan triste la que inserta en el corazón del hombre
la pregunta por lo bello, lo bueno, lo verdadero y trunca la
respuesta con la experiencia del mal o de la muerte! Sin embargo
creo que esta experiencia mía, tan dolorosa durante tantos
años, tiene el valor de calcar en buena medida la de
nuestros contemporáneos, que ya no reciben de sus familias
ni de su entorno la certeza sobre la positividad de la existencia
ni su dimensión eterna.
Para mí y para mis hermanas
el tiempo en que la gente quería ser santa ya no era
una referencia. Si Dios no existía, o no era comprobable,
la bondad ya no constituía un objetivo. Los acontecimientos
históricos, sin nosotras saberlo, no sólo habían
derribado el deísmo, sino también el imperativo
moral de Kant. La razón humana, perdida de sus raíces,
trabajaba contra sí misma. Nadábamos en un relativismo
moral y un escepticismo que era el eco de lo que hoy define
nuestro mundo occidental.
Yo sólo quise ser santa
en arrebatos de pasión ligados a un vídeo sobre
las misiones o unos ejercicios espirituales de las buenas religiosas
que me educaron. Pero los embates emocionales eran tan frágiles
como los picos de adrenalina que los producían. Lo cierto,
lo cotidiano, era que la razón no encontraba motivos
para creer. Pero lo que yo sí quería, y os aseguro
que lo quería de forma vehemente, intensa, desquiciante,
era ser feliz. No sólo estar contenta de vez en cuando,
no sólo experimentar placeres exquisitos, sino poder
dar respuesta a las preguntas del corazón, a la apremiante
necesidad de ser algo más que una hoja que agita el viento
y que el invierno de la muerte condena al olvido.
Me recuerdo con quince años,
preguntando a mi padre por qué había que seguir
viviendo. El pobre, abrumado seguramente por la pesada de su
hija, me contestó que había que seguir adelante
porque todo seguía adelante, que había que luchar
y vivir porque sí, por la misma razón por la que
la tierra da vueltas. La respuesta me dejó profundamente
insatisfecha. Sin saberlo, yo quería ser santa.
2. La santidad no es
coherencia.
Buscaba, pero lo tenía
difícil, porque una ola intensa de pelagianismo atacaba
y ataca nuestra Iglesia. Una y otra vez encontraba hombres y
mujeres buenos que cifraban su cristianismo en la coherencia
moral, reduciendo la palabra Cristo a un paradigma de comportamiento
ético. Con ellos impartí catequesis en barrios
marginales, alfabeticé gitanos, asistí ancianos,
postulé por las calles, hice, en fin, cuantas cosas caracterizan
la labor impresionante de esta Iglesia nuestra tan denostada
injustamente. Pero la pregunta persistía. Yo podía
ser buena, pero mi bondad no respondía a una inquietud
ancestral, anclada profundamente en el ser humano, el mismo
que hace decenas de miles de años dejó de aullar,
se puso de pie y miró la luna preguntándose qué
era aquello. Es más, la experiencia me mostró
dos cosas fundamentales.
Primera, la imposibilidad de
ser totalmente buenos. Recuerdo aquí ese pasaje del NT
donde se aclara que lo que Dios pide es imposible para el hombre.
Me enfadaba, me revolvía, pero nunca alcanzaba el listón
del objetivo. Con el tiempo comprendería que la experiencia
del límite, de no llegar, es profundamente humana, es
más, forma parte misteriosa del método de Dios
para mantener viva en nosotros la pregunta sobre Él.
Porque si nos bastásemos, si los hombres unidos pudiésemos
hacer del mundo un lugar justo, bueno y bello ¿para qué
lo querríamos a Él?
Y , segunda enseñanza,
el límite no alcanzado y la pretensión de forzar
lo imposible no sólo no hacen al hombre mejor, sino que
cuando éste no vive en Cristo, generan en él sinsabor
y violencia. Es el mecanismo de la ideología. La ideología,
llámese nacionalismo, marxismo, capitalismo dogmático
o religión (que también la religión es
susceptible de ser reducida a ideología) se caracteriza
por proporcionar una explicación total sobre lo que nos
rodea, reduciéndola a factores y mecanismos manipulables
por el hombre. La fórmula es bien conocida: se promete
el paraíso terrenal (llámese Gran Serbia, Euskalerría
Libre, Sociedad Comunista, Mercado o Estado Integrista) y se
elimina todo aquello que configure un obstáculo en su
realización. Para liberar Palestina se matan israelíes,
para liberar Israel, se matan palestinos; para liberar Serbia
se matan kosovares, para liberar Kosovo se matan macedonios.
Para liberar a los obreros se manda al gulag a los disidentes;
para liberar Alemania se matan judíos, homosexuales,
católicos y lo que haga falta. Para liberar Euskadi se
matan maketos; para liberar el mercado se explota en las fábricas
asiáticas a jóvenes y mujeres hasta la muerte…
para liberar al hombre de la injusticia ha habido cristianos
que se han echado al monte con un fusil. Y no creamos que es
sólo un “macrofenómeno”.
En nuestro entorno inmediato
hay montones de cristianos amargados y tristes por culpa de
la injusticia social, la falta de espiritualidad o lo que sea.
Gente estupenda, curas y laicos que dan la vida por los otros
y dicen cosas verdaderas, pero que aparecen tan manifiestamente
determinados por el límite que la realidad impone a sus
aspiraciones justas que a una le dan ganas de todo… menos
de seguirles. Yo caigo a menudo en la misma trampa, y reconozco
que, en esos casos, no suscito ni en mí misma ni en mi
entorno más que un justificado cansancio, una sensación
de impotencia que mis interlocutores y oyentes acaban compartiendo
conmigo cuando –eso sí, “muy justamente”-
concluimos que no parece haber solución para el hambre
en el mundo, la expansión del sida, la corrupción
social, la falta de valores o mil cosas más.
Los santos son muy distintos
de todo esto, al menos los que yo he conocido, vivos o muertos.
Madre Teresa chapoteaba todo el día en el fango asqueroso
de Calcuta –y les doy testimonio de que es exactamente
eso, asqueroso-, y sin embargo estaba inexplicablemente alegre.
Lo que la gente buscaba en ella no era sólo su capacidad
de curar, de construir, de amar y abrazar, sino una inexplicable
paz que no era de este mundo y que define el deseo más
hondo del corazón humano. Ella miraba a las personas
y las trataba como nadie los había hecho antes. Del mismo
modo, lo que la gente sencilla ve en el Papa, y me incluyo,
no es su profunda cultura, ni el atletismo de que hizo gala
durante buena parte del pontificado, ni siquiera el Parkinson
o lo que vaya usted a saber qué tiene, sino la indomeñable
esperanza de que hace gala en medio de los mismos problemas
y limitaciones que les aquejan a ellos. Esta enfermo y sonríe,
se le cae la baba y dice el nombre de Cristo, se le va la voz
y abraza a los niños. A veces digo que Juan Pablo II
es más Papa que nunca ahora, precisamente ahora, porque
su vida prueba que ni la enfermedad, ni la vejez, ni la cercanía
de la muerte, ni la derrota política (pensemos en la
guerra de Irak y en el caso que se le ha hecho) pueden con la
victoria de Cristo y la alegría que siembra en un hombre.
En fin, lo que quería
deciros es que la pregunta sobre la santidad está a otro
nivel distinto del deber ético, aunque en muchas ocasiones
aparentemente coincidan. A este respecto me gustaría
referiros brevemente una anécdota sobre una de mis sobrinas,
hija de madre atea y padre musulmán, divorciados, que
este año pidió el bautismo y la comunión
a los 13 años, gracias a su contacto con las religiosas
del colegio en el que estudia. Las dos fuimos al Retiro madrileño,
a conversar. Anduve en silencio un buen rato, rezando y pensando,
porque no sabía cómo explicarle lo que iba a ocurrir
en la ceremonia, su significado profundo. Le pregunté
qué deseaba en la vida. “La paz del mundo”,
dijo.
-Está bien, contesté,
soñemos que Dios nos la concede y se acaban todas las
guerras. ¿Qué más desearías?
-Que no hubiese hambre, contestó
de inmediato muy bien aleccionada.
-Muy bien, seguí, imaginemos
que el Señor también nos lo concede y que el mundo
queda ahíto y en paz. ¿Qué desearías?
Entonces vaciló un instante,
sonrió por primera vez y afirmó sin dudarlo: “¡Que
un chico me quisiera!”.
Sólo en ese momento respiré.
Habíamos llegado al nivel de las necesidades primarias,
al deseo de esta chica de ser amada. No es que lo demás
no fuese justo y bueno, es que era, sencillamente, abstracto.
A partir de ahí me resultó fácil anunciarle
que había sido elegida, de forma ciertamente azarosa
y arbitraria, para ser infinitamente amada, y que la preferencia
que Cristo Jesús expresaba por su persona se traduciría
en una vida más plena, con más posibilidades,
parecida a la de sus tíos. Había sido elegida
para ser feliz, esto es, para ser santa.
3. Causa de nuestra alegría
Si los propios esfuerzos no bastan
para hacernos coherentes, si a veces incluso nos convierten
en tiranos, ¿cuál será la causa de nuestra
alegría? San Pablo expresa magistralmente este debate
interno del hombre en su carta a los Romanos: “Querer
el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto
que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no
quiero (…) descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer
el bien, es el mal el que se me presenta”. Y el mismo
apóstol nos muestra el camino: “¡Pobre de
mí! ¿Quién me librará de este cuerpo
que me lleva a la muerte? Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo
Nuestro Señor!”.
Dice María Zambrano, la
genial filósofa: “Ser, no como resultado de un
esfuerzo y de una elección (como sería en el moralismo
individualista), sino por haber sido generado y elegido”.
En la vida de todo cristiano hay un antes y un después
del encuentro con Cristo, un antes y un después de un
suceso, un acontecimiento que cambia la vida. Pensemos en la
samaritana, que estaba en su fuente, la de todos los días,
cuando pasa ese hombre peculiar y le pide agua. No debía
ser una mojigata ni una noña, porque llevaba cinco maridos
en la cuenta y vivía con un hombre con el que no estaba
casada, pero Aquél le habla de tal modo, de tal manera
la mira, que ella empieza a hablar con Él de su vida.
“No tengo marido”, le confiesa al desconocido, “Dame
de esa agua que dices, para que no tenga más sed”,
le pide. ¿Cómo es posible que una adúltera
hable como una niña virgen? Pues ocurrió. Por
eso hubo un antes y un después en la vida de aquella
mujer, que salió corriendo a contárselo a todo
el mundo. Los evangelios están llenos de este tipo de
encuentros. Mirad a Zaqueo, el publicano, al que todos despreciaban
porque se enriquecía a costa de su pueblo, un ladrón.
Zaqueo es pequeño y trepa a un sicomoro para ver a ése
que pasa, ha oído hablar de él y tiene curiosidad.
Y Jesús pasa por debajo y dice “Esta noche ceno
en tu casa”. Así, gratuitamente, sin mérito
alguno por su parte, Jesús lo elige entre otros muchos,
probablemente más justos y más puros, otros que
cumplían sus deberes y daban limosnas, que ayudaban a
los pobres y a las viudas. Elige a Zaqueo y en ese momento la
vida de Zaqueo cambia. No porque “se haga bueno”,
sino porque todo lo que tenía adquiere de repente otro
significado, el dinero, la relación con los demás,
su vida entera queda cambiada cuando conoce a este Hombre y
decide que no puede vivir un día más sin volver
a escuchar su voz.
Magdalena, Pedro, Zaqueo, la
samaritana, eran gente poco recomendable. Y sus defectos ni
siquiera quedaron borrados del todo por el contacto con el Señor,
de hecho Pedro lo niega cuando Jesús más lo necesitaba,
porque seguía siendo cobarde y mentiroso. Pero habían
visto y tocado algo que los demás hombres, los piadosos
y justos, no habían visto y tocado, por eso pueden decir:
“Señor, sin ti ¿adónde iremos? Nadie
más tiene palabras de vida eterna”. Por eso son
santos.
El poeta Eliot lo define divinamente.
“La curiosidad de los hombres –dice - explora pasado
y futuro y se aferra a esa dimensión. Pero aprehender
el punto de inserción de los intemporal con el tiempo
es ocupación para el santo; no, tampoco una ocupación,
sino algo dado y tomado, en una muerte de toda una vida en amor,
ardor y olvido de sí y entrega de sí mismo”.
En su mística objetiva, Adrianne von Speyr escribe lo
siguiente: “La santidad no consiste en el hecho de que
el hombre da todo, sino en el hecho de que el Señor toma
todo”. Lo que Zaqueo da al Señor no es su dinero,
es su vida; lo que la samaritana ofrece no es su pureza, es
su vida; lo que Pedro da no es su coherencia, es su vida. Porque
cuando uno se enamora, da la vida. Los santos son felices no
porque sean buenos, sino porque están enamorados y son
correspondidos con el ciento por uno.
Cuando más pasa el tiempo,
a medida que transcurre la vida y adviene la madurez, más
consciente soy de mi fragilidad ética y física.
Y esto no es malo. Necesito ver lo que soy, reconocer los límites
de mi humanidad, precisamente para poder pedir y experimentar
qué es Su gracia, cómo es Él. Para saber
que no son mis fuerzas las que me sostienen, para saborear el
milagro. Es la única forma de afrontar la vida con esperanza.
En medio de las dificultades y los sinsabores, uno puede decir
con certeza: “Todo lo puedo en Cristo Jesús”.
4. La victoria de Cristo
es el pueblo cristiano.
Hace una semana regresaba del
País Vasco con una persona de mi equipo en la radio,
una persona buena que vive con su novio, como muchos de nuestros
contemporáneos y que mira con extrañeza las cosas
que hacemos los cristianos. “No sé, me dijo en
un momento dado, yo quiero a mi novio, y lo quiero para siempre,
pero no puedo asegurar qué pensaré dentro de cinco
años. ¿Por qué tu marido y tú podéis
vivir así? Me da la sensación de que tienes con
Jose algo que nosotros no tenemos”. Fue una conversación
hermosa porque me ayudó a darme cuenta de que su juicio
era justo. Y pude explicarle que yo tampoco confío en
mis fuerzas, que no sé ni siquiera qué será
de mí mañana, pero que es Otro el que sostiene
nuestro matrimonio. Que Jose y yo nos amamos para siempre no
por fuerza del cariño, que va y viene, sino porque cada
uno obtiene de esta alianza una certeza eterna. “En realidad
–le expliqué- amando a Jose yo afirmo mi destino,
amando a Jose amo el infinito, y el corazón no está
hecho para menos. La diferencia estriba en que tú quieres
a tu chico y yo, en Jose, amo a Jesús”.
No os creáis que hablo
de escatología. Muchos sabéis bien que un matrimonio
es cosa difícil hoy y las tentaciones muchas. En realidad,
lo que me ha impedido abandonar a Jose no han sido mis pobres
fuerzas, ni la falta de candidatos alternativos y muy atractivos.
La razón ha sido que, cuando me he visto en el brete,
y no se lo deseo a nadie, cuando me he imaginado casada con
el otro y con otros hijos me he dicho.: “Y luego, qué?”
porque el corazón está hecho para mucho más
que el bienestar ¿entendéis? El corazón
quiere que la casa, los hijos, el marido, remitan al ideal.
Y una relación que no remita al ideal, por hermosa que
sea, no le basta a un corazón despierto. Una relación
que no fundamente una certeza para esta vida y para la otra,
una certeza definitiva, no me sirve.
Por eso la cuestión de
esta mañana, en esta ponencia sobre la santidad, no es
cómo alcanzar la perfección moral sino dónde
encontrar a Cristo. Para explicarlo me gusta decir, como me
explicó un amigo mío, que el cristianismo se expande
gracias a la “envidia”. O, en otras palabras, al
atractivo que descubro en otra persona y que me mueve a seguirla
para ser como ella, para tener la alegría y la paz que
tiene. La samaritana tuvo delante a Uno que la miraba como nadie
hasta entonces la había mirado, que la consideraba. A
ella, una perdida, la consideraba y se interesaba por su destino.
Fue eso lo que la movió a prestarle atención.
Fijaos, ella era un poco socarrona: el Señor, dice San
Juan, le pide de beber junto al pozo y ella contesta: “¿Cómo
tú , siendo judío, me pides de beber a mí,
que soy una mujer samaritana?” (si no fuese un poco blasfemo
me atrevería a decir que la samaritana coquetea con Jesús).
Entonces Él, en lugar de entrar en el juego, como todos
los que ella ha conocido, hace gala de autoridad y contesta:
“Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice:
“Dame de beber” tú le habrías pedido
agua a él y él te habría dado agua viva”.
Pero ella no se achanta, es dura de roer: “Señor,
no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de
dónde, pues, tienes esa agua viva?”, fijáos
que sigue ironizando. Entonces Jesús dice la palabra
definitiva: “Todo el que beba de esta agua volverá
a tener sed, pero el que beba del agua que yo le dé,
no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le
dé se convertirá en él en fuente de agua
que brota para al vida eterna”. ¡Ya está!
Le ha explicado todo. Le ha explicado que sólo Él
basta.
Un sólo matrimonio fundado
en Él basta en medio de un mundo donde la gente se casa
tres y cuatro veces –y estoy hablando de hoy en día-
y no consigue saciar su inquietud. Un monje, un eremita, un
sacerdote enamorados de Él pueden ser plenamente felices
sin mujer. ¿Y qué le dice la samaritana a Jesús?
¿Qué responde esa que tiene más escamas
que un galápago, que lo ha visto todo y a todos?: “Señor,
dame de esa agua, para que no tenga más sed”. En
el fondo de aquella que iba por el sexto compañero había
una gran mujer, y Cristo la supo descubrir.
Nuestra vida depende de que tengamos
o no el encuentro que tuvo la samaritana. O el que tuvo Pedro.
¿Cómo es posible algo así hoy? El método
está acreditado en la Historia de los que siguen a Jesús
vivo en su pueblo: a Agustín le pasó escuchando
a San Ambrosio. A San Francisco Javier escuchando a San Ignacio
de Loyola. A Edith Stein conviviendo con la viuda de un amigo
suyo, que vivía con esperanza la muerte del esposo, y
que la llevó a leer a Santa Teresa y convertirse al catolicismo
e ingresar en un Carmelo. Los santos comienzan a serlo cuando
se topan con otros hombres cambiados por la mano poderosa del
que da de beber para siempre un agua que salta hasta la vida
eterna.
Hay que buscar a estos santos
y seguirlos, pegarse a ellos, no perderlos de vista. Para saber
si son “fetén” hay un método infalible,
que consiste en comprobar si lo que dicen y hacen encuentra
correspondencia con la pregunta de nuestro corazón. Recordemos
el pánico que invadió a los apóstoles tras
la muerte de Jesús. Recordad el episodio de los que iban
a Emaús. Él hizo con ellos el camino y después
se quedó a cenar y partió el pan como solía
hacerlo. Sólo entonces lo reconocen y, cuando les deja,
se miran el uno al otro y dicen “¿Acaso no ardía
nuestro corazón cuando nos explicaba las escrituras?”.
¿Acaso no ardía
nuestro corazón? ¿Acaso no comprobábamos
y palpábamos que surgía en nosotros una esperanza
que antes no estaba, una certeza que considerábamos imposible?
El pueblo cristiano es el Acontecimiento de Cristo reconocido,
es este Acontecimiento reconocido por quienes lo encuentran.
El conjunto de las personas alcanzadas por este Acontecimiento
forma el pueblo nuevo y por este pueblo se manifiesta la victoria
de Cristo en el tiempo. Nuestra existencia nueva, esta unidad
única que Él ha generado, es el signo de Su victoria.
Basta con mirarnos. Entre nosotros
acontecen continuamente milagros. La gente muere alegre y en
paz, los que viven una enfermedad son fuente de gracia para
los otros, los que tienen un hijo discapacitado son maestros
de paternidad y maternidad, los que ganan dinero construyen
colegios o sostienen a los que tienen menos. En definitiva,
en el pueblo de Dios pasan cosas que no pasan en otros lugares.
Y no por mérito de los cristianos, que seguimos siendo
muchas veces, como también decía Eliot, “bestiales
y carnales, como siempre”, sino por la gracia operante
de Otro que revela Su Presencia y Su belleza imponente.
5. La santidad es la
vocación humana.
Quien descubre esta belleza no
puede olvidarla fácilmente. Es tan sencillo como el que
prueba el jamón de pata negra: podrá comer jamón
de York de cuarta, pero que no le engañen, que ya sabe
qué es lo bueno. Y quien es fiel a su corazón
y persigue lo que ha encontrado ingresa en la compañía
de los santos y se hace santo por el abrazo de Cristo, igual
que Magdalena, igual que Pedro, igual que Zaqueo.
Como me ha recordado Don Eloy
Bueno de la Fuente, en el proceso de preparación común
de esta ponencia, es en este sentido que los cristianos, desde
el principio, se llamaban a sí mismos santos. Eran el
pueblo de los santos de Dios. Porque la santidad debe ser entendida
en clave de filiación de Dios, no como heroísmo
personal. La fuerza del cristiano no es propia, le viene dada:
“Es Cristo que vive en mí”, decía
San Pablo.
Éste es un extremo que
muchos cristianos hemos olvidado. Me hace gracia reconocer que,
de chica, cuando me explicaban en el cole la parábola
del hijo pródigo, invariablemente me identificaba con
el padre. Era el padre el modelo a seguir: el que acoge a los
demás ilimitadamente, quien los perdona sin fin, el que
no reprocha y acoge. Yo “tenía” que ser así
¡Menudo engreimiento vano! Yo, Cristina, soy el hijo de
esta parábola. Soy la que derrocha la fortuna paterna
(la vida, la salud, la inteligencia) en estupideces, la que
se marcha siguiendo cantos de sirena y bebe y se refocila con
prostitutas y de repente comprueba que está sola, y se
le llena el corazón de nostalgia y vuelve y ve al padre,
allí, en lo alto, siempre esperando, siempre persiguiendo,
y se arroja a sus pies y experimenta una cosa que llena el corazón
de agradecimiento y los ojos de lágrimas y que se llama
misericordia.
Necesitamos esta misericordia
y este perdón. Dos cosas que el mundo desconoce y que
son imprescindibles para vivir humanamente. ¿Por qué
las desconoce? Porque no son de aquí, son de Dios. Muchas
veces he experimentado este rebosar de otro mundo en compañía
de los santos de Dios y reconozco que ha hecho saltar todos
los goznes de mis prejuicios. Os cuento un ejemplo que más
de uno me habrá oído contar: cuando murió
Madre Teresa, el ABC me mandó a Calcuta. Poco antes había
fallecido la princesa Diana de Gales y el follón que
se formó en Gran Bretaña y en todo el mundo me
sorprendía mucho. Además me molestaba, porque
mis crónicas desde Calcuta pasaban sistemáticamente
a segunda página frente a las del corresponsal de Londres,
que iban a primera. Estaba escandalizada ¿cómo
era posible que la gente idolatrase la memoria de Lady Di por
encima de la de la santa de los pobres?
Reflexionaba sobre esto mientras
veía pasar la fila interminable de gente sencilla por
delante del féretro de la Madre, que reposaba tranquila,
con los pies encogidos como sarmientos y la cara arrugadita.
Precisamente entonces tuve la ocasión de entrevistar
a uno de sus más íntimos amigos, al padre que
encabezaba la versión masculina de la orden por ella
fundada, las Misioneras de la Caridad. “¡Qué
vergüenza!”, le dije llena de razones, “¡Qué
vergüenza que interese más la vida de una frívola
superficial que la de una mujer ejemplar como ésta”.
El padre –creo que se llamaba John- me miró con
paciencia y curiosidad y me contestó lo último
que hubiese sospechado (con los santos pasan estas cosas): “Usted
no ha entendido nada”. Hubo un silencio embarazoso por
mi parte y empezó a explicar: “Madre Teresa y Lady
Diana eran grandes amigas, más que eso, Madre Teresa
era una madre para Diana. La conoció cuando estuvo en
Gran Bretaña y la princesa pidió entrevistarse
con ella. La Madre –prosiguió- descubrió
en ella una persona profundamente necesitada, deseosa de un
cariño que las circunstancias le negaban. Había
visto destruirse su matrimonio, su marido le había sido
infiel, la familia real la ninguneaba... desde ese primer encuentro
la Madre la quiso tiernamente. Hace unos días, cuando
recibimos la noticia de su accidente, todavía lloró
y rezó mucho por ella. ¿Sabe una cosa? Es lógico
que el mundo prefiera a Diana, porque los hombres de esta época
se reconocen en ella, ven en su persona la búsqueda frenética
de placeres y felicidad que ellos mismos experimentan, y se
apenan de su fracaso porque reconocen el de ellos mismos. A
la Madre, sencillamente no pueden entenderla, porque no era
de este mundo”. Me avergoncé mucho de haber hablado
mal de Lady Di pero lo que prevaleció y prevalece en
mí de aquella conversación es el agradecimiento
por una experiencia de misericordia y de perdón hacia
la humanidad doliente que, en efecto, no es de este mundo.
Me gustaría insistir en que el cristianismo es una cosa
dinámica. No se produce una conversión inicial
y todo cambia para siempre. No existe un momento de conversión
y después un camino, para el cristiano existe sólo
el tiempo de la conversión. La vida de Pedro es muy ilustrativa
en este sentido. Conoce al Señor, se enamora, vive con
Él, lo ama, cae de nuevo, se levanta… el encuentro
con el Señor tienen que sucederse una y otra vez en el
tiempo y en la carne para que la vida se renueve una y otra
vez. Porque no es posible vivir de un recuerdo. Así como
la madre no puede ver el rostro del hijo recién nacido
y vivir el resto de su vida de esa imagen, sino que ha de volver
una y otra vez al hijo y dejarse sorprender por él para
amarlo de una forma renovada todos los días, nosotros
necesitamos ver y tocar al Señor para que cada día
sea nuevo. No se puede “congelar” al Señor
como si fuese un recuerdo hermoso. Es Él quien una y
otra vez nos sale al encuentro, a veces contra nuestra voluntad,
doblegando nuestros planes y nuestra resistencia, domándonos
con su amor.
El pueblo nuevo brota continuamente
de este acontecimiento de Cristo vivo y presente, verificable
por los sentidos, de estos encuentros con Madre Teresa o sus
amigos, con Juan Pablo II y con miles y miles de santos anónimos.
De ahí nace la Iglesia, no de que nos juntemos. Él
es la fuente, no nuestros diseños o proyectos. A veces
hay algo de triste en los planes pastorales, comunicados, charlas
y congresos de nuestra Iglesia. Que Dios me perdone si lo digo
mal o si soy injusta, pero ningún plan pastoral va a
poner en marcha, no ya a una comunidad, si siquiera a un solo
hombre. El hombre se mueve por un atractivo presente y reconocible.
Nuestra libertad no radica en
lo que conseguimos realizar, sino en la verdad con la que buscamos
a Dios, como la samaritana. El peso de nuestra atención
no debe estar en nuestra virtud, nuestra solidaridad, nuestras
estructuras, nuestras instituciones, nuestros ideales o sentimientos
morales, sino en darnos cuenta de lo Sucedido. Algo ha entrado
en el tiempo y lo ha cambiado, y lo percibimos por ciertos rasgos
–perdón, misericordia- que no existían antes
de Cristo. La coherencia existía antes de Cristo, la
santidad, no. Darnos cuenta de ello, reconocer lo que nos ha
sido dado es lo que nos cambia cada vez la actitud y el rostro.
Lo que ha ocurrido no era de
este mundo, pero ahora es de este mundo, como explica Peguy.
No son de este mundo ni la caridad de Teresa de Calcuta, ni
la inteligencia de Tomás de Aquino, ni la capacidad política
de
Tomás Moro, ni la autoridad de Catalina de Siena, ni
la pobreza de Francisco de Asís, ni la ternura, la justicia,
la belleza que descubrimos en tantos otros. La Iglesia se muestra
como un lugar maravilloso donde la verdadera humanidad, la que
se ajusta al designio divino, se pone al alcance de todos. El
bien es servir como piedra viva para la construcción
de este edificio, para la edificación del cuerpo de Cristo.
6. La imprescindible
libertad.
Ocurre que el Señor ha
evitado salvarnos contra nuestra voluntad. Hemos sido creados
a imagen y semejanza de Dios y el sello de origen, el que certifica
nuestra identidad y nos separa de los animales, es la libertad.
Y así como todo se transforma en Cristo, y lo que llamábamos
amor se convierte en caridad; lo que llamábamos justicia
se convierte en misericordia; lo que llamábamos deber
se convierte en vocación; lo que llamábamos hacer
las paces se transforma en perdón; así también
lo que llamamos libertad se transforma en obediencia. Todo crece
y se hace más grande, más profundo, de otra naturaleza.
Hablemos del paso de la libertad
a la obediencia, o mejor, de la libertad que es obediencia.
El hombre experimenta un vértigo ante este paso. Es como
el chico que reconoce el atractivo de la mujer y aprende a amarla,
pero que comprende el riesgo que supone entregarle la vida entera.
Entiende que es tentadora la oferta y, sin embargo, experimenta
un punto de resistencia. ¿En dónde radica el origen
de esta resistencia? En saber que, tras el paso de la libertad,
la vida ya no la rige un sino que la deposita en manos de otro.
Me resulta fácil identificar
este punto en mi propia experiencia. Al principio de mi intervención
os expliqué que mis hermanas y yo no recibimos la fe
en casa. Teníamos, sin embargo, una pregunta intensa
en el corazón y las religiosas mercedarias de la caridad
se encargaron de ahondarla. Yo buscaba, buscaba. A los 21 años
tuve mi encuentro definitivo con la Iglesia en la carne del
movimiento Comunión y Liberación, al que como
sabéis pertenezco. La cosa pasó en Alemania, adonde
había acudido para estudiar un curso universitario.
Conocí a un grupo de personas
interesantes, con una pasión por la vida excepcional,
con una alegría tranquila, la que da el haber encontrado
la certeza. Entre ellas había un tipo, Martin Groos,
que me fascinaba. En nuestras conversaciones demostraba una
y otra vez una inteligencia distinta sobre las cosas. No era
sólo que fuese listo y culto, que lo era, es que miraba
la realidad desde otro punto de vista, con una lucidez que me
descolocaba, exactamente como la miraba, por ejemplo, el padre
John, del que os he hablado antes.
Bueno, ocurrió que esta
gente se reunía los viernes por la tarde en Colonia,
y que mi residencia y mi centro de estudios estaban en Bonn.
Así que Martin me dijo un día: “Cristina,
si quieres entender más, deberías venir los viernes
a Colonia”. Parecía una propuesta fácil,
pero tenía su complicación. Era un invierno endiabladamente
frío y lo que he llamado “reuniones por la tarde”
era una cita de 7 a 8 en lo que en realidad eran noches cerradas.
Lo que Martin me proponía suponía significaba
coger el tren de Bonn a Colonia, sumarme a la reunión
en casa de Martin y su mujer, María, y hacia las nueve
de una noche espantosa, en medio de la nieve, regresar en otro
tren a Bonn. Entre pitos y flautas me daban las once, y al día
siguiente yo tenía clase a las seis y media de la mañana.
Me parecía de todo punto absurdo. ¿Cómo
podía compensarme una cosa así? ¡Podíamos
vernos de vez en cuando a comer, o charlar por teléfono!
Un día hubo una conversación trascendental y,
volviendo sobre lo de la reunión, Martin se limitó
a decirme: “Mira Cristina, llevas toda la vida poniendo
las reglas del juego y jugando a tu manera. De eso se trata,
de que por una vez sigas las reglas de Otro”.
No había atendido demasiado,
pero después, en mi habitación, la frase me volvió
a la cabeza. Y pensé ¿y qué pierdo probando?
Lo que puedo conseguir por mis propias fuerzas ya lo sé,
llevo 21 años de experiencia y no acaba de satisfacerme
¿y si Otro supiese de mí más que yo misma?
En ese momento ya intuía que era Cristo mismo quien me
interpelaba a través de una carne. Que estos amigos no
eran corrientes. Que en su presencia se mostraba el que me había
creado. Me pasó como a Magdalena, Zaqueo, Agustín
o Francisco de Borja. Fijáos: lo que decidió la
partida no fue, al final, ni el atractivo de la compañía
humana ni mis deseos de seguirla. Fue mi libertad frente a la
libertad de Cristo.
Y elegí. Os puedo asegurar
que ese invierno absurdo, dando vueltas en tren con dos pantalones
superpuestos y forrada de arriba abajo, cambió mi vida.
Desde entonces he aprendido que el método de la vida
es el seguimiento. Que la iniciativa la plantea Él.
Casi 20 años después
me he convertido en una especie de lechuza especializada en
mirar lo que me rodea y obedecer lo que Cristo indica a través
de la realidad. En este camino mi matrimonio se ha salvado y
crece, mi familia y mi trabajo se profundizan; mis amistades,
mi esperanza y mi certeza aumentan. Es el mismo método
que movió a los apóstoles a dejar las redes y
seguirle. El mismo que cambió la forma de vida de Agustín,
de Francisco Javier, de Edith Stein. Sólo le pido a Dios
que algún día me haga la caridad de hacerme parecida
a ellos.
Muchas gracias por escucharme
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