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LOS FIELES LAICOS,
IGLESIA PRESENTE Y ACTUANTE EN EL MUNDO
Vocación
apostólica de los fieles laicos
Madrid, 12 de noviembre de 2004
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Excmo. y Rvdmo. Arzobispo
de Pamplona y Tudela, D. Fernando Sebastián
Aguilar. |
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I.
PORTADORES DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA
Jesús vino a nuestro
mundo para dar testimonio de la verdad, para dar a conocer
la sabiduría y la gracia de Dios, para manifestarnos nuestra
condición de hijos de Dios y herederos de la vida eterna.
“Yo, la luz, he venido a este mundo para que todo el que crea
en mí no siga en las tinieblas” (Jn 12,46). La Iglesia es
heredera de Jesús, continuadora de su vida y de su misión,
de su testimonio y de sus obras de salvación.
A la hora de pasar
de este mundo al Padre, Jesús encomendó a sus discípulos la
continuidad de su misión, el mantenimiento y la expansión
de este anuncio de salvación. “Yo los he enviado al mundo
como Tú me enviaste a mí” (Jn 17, 18). “Como el Padre me envió
a mí, así os envío yo a vosotros” (Jn 20, 21), “Dios me ha
dado pleno poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced
discípulos entre los habitantes de todas las naciones, bautizándolos
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles
a cumplir lo que yo os he encomendado. Y sabed que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,
18-20). “Id por todo el mundo y enseñad a todos el mensaje
de la salvación. El que crea y sea bautizado se salvará, el
que no crea será condenado”. (Mc 16, 15); “En su nombre se
ha de anunciar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén,
el mensaje de conversión y de perdón de los pecados. Vosotros
sois testigos de todas estas cosas” (Lc 24, 47-48). Por la
expresa voluntad de Jesús, los cristianos, sus discípulos,
somos luz, levadura, la huella y el signo de su presencia.
Este mandato afecta
primeramente a los apóstoles, pero no cuesta ningún trabajo
darse cuenta de que este encargo de Jesús queda en manos de
todos sus discípulos. Así se lo dice a los que llama a la
fe y al seguimiento, “Deja que los muertos entierren a sus
muertos. Tú vete a anunciar el Reino de Dios” (Lc 9, 60).
Ser discípulo requiere, ante todo, arrepentirse de los pecados
y vivir la vida nueva del Reino, la vida según el Espíritu.
Y enseguida continuar el testimonio de Jesús anunciando el
Reino. Así lo enseñó el concilio Vaticano II: “La Iglesia
recibió de los Apóstoles este solemne mandato de Cristo de
anunciar la verdad que nos salva, para cumplirlo hasta los
confines de la tierra (Cf Hch 1, 8)… Todos los discípulos
de Cristo han recibido el encargo de extender la fe según
sus posibilidades... De esta manera, la Iglesia ora y trabaja
al mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme
en Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu,
y para que en Cristo, Cabeza de todos, se dé todo honor y
toda gloria al Creador y Padre de todos”. [1]
Cuando hablamos
del apostolado de los laicos no debemos pensar en algo diferente
de lo que Jesús encomienda a sus discípulos en general, algo
diferente de la misión general de la Iglesia. La Iglesia como
comunidad está constituida fundamentalmente por los laicos,
los cristianos comunes que viven en el mundo sin ser del mundo.
[2]
Es preciso analizar
un poco detenidamente la condición existencial del cristiano
para descubrir las raíces de esta vocación al apostolado inherente
a la vocación cristiana. La existencia cristiana queda configurada
por el sacramento del bautismo. Como cristianos, somos lo
que significa y produce el sacramento del bautismo en cada
uno de nosotros. El Bautismo es el sacramento de toda la vida.
Ahora bien, un bautizado es un hombre que, antes o después
de recibir el sacramento, ha oído el anuncio de la salvación
de Dios, ha aceptado esta palabra y en consecuencia ha aceptado
a Jesucristo como Hijo de Dios hecho hombre y Salvador del
mundo, se ha arrepentido de sus pecados, ha recibido el don
del Espíritu Santo que le hace hijo de Dios, y vive el mandamiento
del amor fraterno en la esperanza de la vida eterna.
El deber y el derecho
de los laicos al apostolado derivan de su unión con Cristo
Cabeza. Incorporados por el bautismo al Cuerpo místico de
Cristo y fortalecidos con la fuerza del Espíritu Santo por
medio de la confirmación, son destinados al apostolado por
el mismo Señor. [3]
De esta vida cristiana,
nueva y diferente, nace espontáneamente la necesidad del apostolado.
El cristiano que convive con los no cristianos se siente en
la necesidad de explicar y justificar su vida, de dar razón
de su esperanza, explicando a los amigos y vecinos cuáles
son los motivos por los que él lleva una vida distinta de
la que se presenta como vida normal, como vida humana corriente
y legítima. Por pura lealtad con sus vecinos, el cristiano
tiene que explicarles de dónde le vienen a él la fortaleza
y el gozo ante todos los acontecimientos de la vida, intentando
ofrecerles el mismo don que él ha recibido para descubrir
el valor de la vida humana en todas sus circunstancias, en
la vida personal y en la familiar, en el trabajo y en el ocio,
en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte,
en este mundo y en la esperanza de la vida eterna. Como María
Magdalena, los cristianos, cuando nos encontramos espiritualmente
con Cristo resucitado y salvador, recibimos el encargo misionero:
“no te entretengas, anda, ve a mis hermanos y diles que voy
a mi Padre que es también su Padre, que voy a mi Dios que
es también su Dios” (Jn 20, 17)
Naturalmente, para
tener que explicar la propia vida, primero hay que vivirla.
La conversión y el cambio de vida, personal, familiar y comunitario,
es condición indispensable para que surja la acción apostólica
del cristiano. El anuncio del Evangelio no busca directamente
ninguna eficacia de carácter temporal, sino que busca directamente
el renacimiento de la persona a la vida de hijo de Dios, la
iluminación de la mente y la conversión del corazón, el cambio
de vida, el arrepentimiento de los pecados y el nacimiento
a una nueva vida, arraigada en el seguimiento de Cristo y
alimentada por el Espíritu Santo. Esta nueva vida comienza
por el reconocimiento de Dios, la gratitud y la alabanza,
el amor de Dios sobre todas las cosas. Y se expresa en el
cumplimiento del mandato del amor como norma suprema y universal
de vida. Todo tiene que rehacerse desde el amor de Dios arraigado
en nuestros corazones. Las demás cosas vendrán por añadidura.
Los planes, los proyectos, las convocatorias, no valen de
nada, si no arde en nuestros corazones el fuego del amor de
Dios, si no vivimos del todo poseídos por el amor y el Espíritu
de Jesús.
Desde esta consideración
básica del ser cristiano, es una cuestión secundaria el que
dentro de la comunidad aparezcan vocaciones distintas y formas
diferentes de vivir los elementos cristianos comunes para
el buen servicio de la comunidad. Obispos, presbíteros, consagrados
y cristianos seglares la inmensa mayoría, todos tenemos los
mismos elementos comunes de vida y todos compartimos la misión
común de continuar la obra de Jesús viviendo y anunciando
los bienes del Reino. Más importantes que los rasgos específicos
de las diferentes vocaciones cristianas, es el contenido común
de descubrir y vivir la propia vida como respuesta a la llamada
paternal de Dios, arraigados en el Hijo Jesucristo quien nos
dice a todos: “Deja lo que tienes, sígueme y vete a anunciar
el Reino de Dios”. Esta vocación común tiene diferentes formas
y se adapta a las circunstancias de cada persona, pero ninguna
determinación específica o personal puede ocultar o desfigurar
la riqueza de la vocación común cristiana.
II.
CARACTERÍSTICAS DEL APOSTOLADO DE LOS FIELES LAICOS
En la segunda mitad
del siglo pasado se escribió mucho sobre la vocación de los
seglares como si se tratara de un extraño descubrimiento.
La gran novedad consistía en decir que los seglares también
formaban parte de la Iglesia, también estaban llamados
a la santidad, también tenían vocación apostólica,
es decir, el gran descubrimiento consistía en decir que los
seglares también eran Iglesia.
Hoy, sin ninguna
preocupación reivindicacionista, podemos decir no sólo que
los seglares son Iglesia, sino que de alguna manera, no
excluyente, los seglares son la Iglesia y llevan sobre ellos
la misión eclesial, la grande y bella misión de continuar
la obra de Jesús, esto es anunciar la presencia, la paternidad,
la misericordia y los dones de Dios. Juan Pablo II, en Christifideles
laici cita unas palabras de Pío XII que vale la pena recoger
aquí: “Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran
en la línea más avanzada de la Iglesia; por ellos la Iglesia
es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos
especialmente deben tener conciencia, cada vez más clara,
no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia;
es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra, bajo
la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos, en comunión
con él. Ellos son la Iglesia” ( Pío XII, Discurso a los nuevos Cardenales, 20 de febrero de
1946, AAS, 38, 149). [4]
Los
fieles laicos, por el simple hecho de ser cristianos, independientemente
de si viven en el mundo de una manera o de otra, tienen la
misión común de anunciar la presencia y la bondad del Dios
invisible, como referencia necesaria para que el hombre se
conozca a sí mismo y viva en la verdad de su humanidad.
“A los laicos se
les presentan innumerables ocasiones para ejercer el apostolado
de la evangelización y santificación” [5] . Normalmente este apostolado se apoya en el testimonio de la
vida de los mismos cristianos. Pero no termina en el testimonio.
El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo
con su palabra. Tanto a los no creyentes, para llevarlos a
la fe, como a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y
estimularlos a una vida más fervorosa” [6] .
Los
cristianos que viven en el mundo, tienen la misión que les
corresponde por serlo, y las notas específicas de su vivir
en el mundo no pueden suprimir ni sobreponerse a su misión
esencial y común como cristianos. Si viven en el mundo, siendo
verdaderamente cristianos, es lógico que ejerzan su misión
común de anunciar el Reino de Dios en el contexto en que viven
y por los procedimientos que tienen a su alcance. Pero su
misión sigue siendo la misión primaria y fundamental de la
Iglesia: anunciar a todos los hombres el amor de Dios manifestado
en Cristo y comunicado por el Espíritu Santo para la vida
eterna.
Para
decirlo de forma concreta. Los cristianos que viven en presencia
de Dios envueltos en las riquezas de su amor que les sostiene
y les da la vida, pueden y deben anunciar y extender el Reino
de Dios. Sobre esta vocación común crecen las vocaciones específicas
de los obispos, de los presbíteros, los misioneros o los religiosos
y consagrados. Todos ellos tienen que sentirse llamados a
anunciar lo mismo aunque lo hagan de diferente manera y con
diferentes acentos. Precisamente en virtud de esta participación
común de todos los cristianos en la misión apostólica de la
Iglesia, pueden los laicos asumir y desempeñar en el interior
de la comunidad todas aquellas tareas apostólicas que no requieran
un ministerio ordenado, como la educación religiosa de niños
y jóvenes, el ejercicio de la catequesis, la animación espiritual
de personas o grupos, la atención a los enfermos, etc.
Los
seglares anuncian el Reino de Dios en primer lugar viviéndolo,
la vida del cristiano es una vida edificada sobre el conocimiento
y la aceptación del amor de Dios como fundamento y norma suprema
de la propia vida. El anuncio tienen que hacerlo en el contexto
real de su vida, en su familia, entre sus amigos y vecinos,
en el ejercicio de su profesión, en el ejercicio también de
sus derechos y deberes ciudadanos.
Al hablar
del apostolado de los laicos se insiste casi exclusivamente
en las notas específicas provenientes de situación secular
en la que los cristianos viven su vida. En esta perspectiva
se suele decir que lo específico del apostolado de los laicos
consiste en la transformación del mundo según los designios
de Dios. Esto es verdad, pero es una manera muy reductora
de describir la vocación y la misión del fiel cristiano.
La secularidad
cristiana no es una secularidad cualquiera, ni es la secularidad
original que todos los hombres poseemos por el hecho de ser
criaturas terrestres y sociales. Los cristianos están en el
mundo pero no son del mundo. Es más, el mundo de los cristianos,
visto desde la fe y vivido en el Espíritu, no es igual que
el mundo de los paganos. Es un mundo creado y presidido por
Dios, no es el término de nuestras aspiraciones ni de nuestra
vida, la valoración y el modo de portarse con los demás no
nace espontáneamente del mundo, sino que para el cristiano
nace de la Palabra y del espíritu de Dios.
La Iglesia entera,
como arraigada en el misterio de la Encarnación del Verbo,
es toda ella secular. Así lo dice bellamente Pablo VI y lo
recoge Juan Pablo II en Christifideles laici: “La Iglesia
tiene una dimensión secular inherente a su íntima naturaleza
y a su misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo
encarnado, y se realiza de formas diversas en todos sus miembros”
Pablo VI, (Discurso a los miembros de los Institutos seculares,
2 febrero 1972) Todos los cristianos participamos de esta
secularidad de la Iglesia, aunque sea de manera diversa.
[7]
Con frecuencia
hemos insistido demasiado en las diferencias entre las diversas
vocaciones cristianas, descuidando el poner por delante los
elementos comunes que son los más importantes. La unidad interior
de la Iglesia y la unidad de la vocación cristiana común es
más fuerte que las diferencias existentes entre las diversas
vocaciones cristianas. Clérigos o laicos, consagrados o seglares,
todos somos cristianos, hijos de Dios, templos del Espíritu
Santo y ciudadanos del cielo.
Hoy es más importante
subrayar la diferencia entre cristianos y no cristianos, que
las diferencias que pueda haber dentro de la Iglesia. La relación
entre cristianos y no cristianos, entre iglesia y mundo es
la verdadera perspectiva de nuestra vocación y responsabilidad
apostólica. No discutamos tanto de las diferencias entre nosotros,
asomémonos a las carencias de los que no son cristianos, preocupémonos
por ellos, anunciémosles a ellos las grandezas de la vocación
cristiana común.
En esta perspectiva,
hay que decir que el primer apostolado de los cristianos en
el mundo consiste en presentar con su vida el esplendor de
la vida humana redimida por Jesucristo, santificada por el
Espíritu Santo y levantada a la condición de la filiación
divina. Mostrando una vida diferente, dignificada, pacificada,
santificada por el don de Dios, los cristianos son verdaderos
continuadores de la obra de Jesús en el anuncio de la paternidad
de Dios y la inminencia de su Reino en el mundo. A partir
de este apostolado básico del testimonio, el cristiano puede
y debe ayudar expresamente a sus vecinos a conocer a Cristo,
a creer en El, y por El conocer y adorar al Dios de la salvación.
Toda la Iglesia es testimoniante, evangelizadora, signo de
salvación, difusora de la fe y servidora del anuncio y del
crecimiento del Reino de Dios en el mundo. En la dinámica
normal de la vida cristiana entra el anuncio de Jesucristo,
la comunicación de su palabra, la invitación a conocer y aceptar
los dones de la salvación.
En este anuncio
del Reino y en este servicio de la fe, las notas específicas
del apostolado del cristiano no consisten como tantas veces
se dice, de manera un poco presuntuosa, en la transformación
del mundo sino en anunciar los bienes del Reino, sin ninguna
autoridad añadida, apoyada simplemente en la fuerza elocuente
y significativa de su propia vida, sin representar al conjunto
de la comunidad, y utilizando como principal instrumento las
relaciones normales y comunes de la convivencia ordinaria
y común de la vida social como p.e. la familia, el trabajo,
la amistad, etc.
En tiempos de evangelización,
es importante subrayar esta capacidad y obligación de los
fieles cristianos de anunciar expresamente el Reino de Dios,
el amor y la salvación de Dios que se nos ha descubierto y
ofrecido en la vida, muerte y resurrección de N.S. Jesucristo.
Toda la Iglesia, todos los cristianos tenemos que sentirnos
invitados y obligados a ayudar a nuestros hermanos a conocer
a Jesucristo, a creer en El, a descubrir la Iglesia como Cuerpo
y Signo de Cristo, a conocer y adorar al Dios de la salvación
y vivir según su voluntad. Este es el primer apostolado de
los fieles laicos, su aportación más importante a la misión
de la Iglesia y la aceleración del Reino de Dios en el mundo.
A partir
de una vida cristiana intensa y coherente, el cristiano crea
un mundo diferente, purificado, humanizado y santificado
por la acción del Espíritu Santo en el corazón de los fieles.
La novedad y la humanidad del mundo construido por los cristianos,
es la expresión y el reflejo de la justicia interior que Dios
infunde en los corazones de sus fieles, y en definitiva expresión
y manifestación de la sabiduría y de la bondad de Dios que
inspiran y dirigen las actividades de sus fieles. Desde el
esplendor y el gozo de su vida redimida y enriquecida por
los dones de Dios, el cristiano puede y debe hablar de lo
que ha recibido, del Señor Jesucristo y del amor del Padre
celestial que son el origen y la riqueza de su vida.
Es fácil de comprender
que toda la fuerza apostólica del cristiano descansa en la
mediación esencial y necesaria la CONVERSIÓN PERSONAL. Las
demás instituciones, las demás actuaciones pretenden transformar
la realidad humana mediante la técnica, las leyes, el conocimiento,
la organización, siempre de fuera hacia dentro, generalmente
sin contar con la realidad profunda de la libertad personal,
de las convicciones, motivaciones y deseos de la persona.
El Evangelio, la gracia de Dios, la acción de Cristo y de
su Espíritu actúan siempre de dentro afuera, contando ante
todo con la intimidad de la persona, sus actitudes de fondo,
la orientación básica de su voluntad y de sus aspiraciones,
las ideas, criterios, amores y aspiraciones de cada uno.
Digamos
claramente que la primera transformación de la realidad que
los cristianos debemos procurar es la transformación de nuestra
propia vida, de nuestra visión del mundo, nuestras actitudes,
nuestros deseos y aspiraciones. Una antropología y sociología
cristianas tienen que considerar la vida personal como la
realidad más real y más verdadera. Las estructuras, las relaciones,
las actividades de los hombres, toda la realidad social es
proyección y expansión de esta realidad propia del ser personal
de cada uno.
Desde
este punto de vista podemos señalar una serie de ámbitos concéntricos
y sucesivos en los cuales el cristiano renueva el mundo.
a)
La primera renovación es la de su propia vida, su
visión del mundo, sus objetivos, deseos, modelos de comportamiento,
relaciones, actividades, objetivos y aspiraciones, de cada
uno, de cada persona. Este es el primer fruto de la conversión
personal, sin el cual toda actuación apostólica del cristiano
queda comprometida y bloqueada.
b)
El segundo ámbito de este mundo renovado es la familia.
Cuando las personas se ven cristianamente a sí mismas y
viven su vida en conformidad con la Palabra de Dios, las
relaciones entre hombre y mujer alcanzan unas características
que hacen que la sexualidad y la vida matrimonial respondan
adecuadamente a la naturaleza personal del hombre y de la
mujer, de los padres y de los hijos. La familia cristiana
es humanidad redimida, liberación y dignificación del ser
personal y de la realidad social fundamental y básica.
c)
El tercer ámbito de transformación es el de las
relaciones entre familias cercanas, entre parientes, vecinos
y amigos, mediante el desarrollo de las mil variaciones
de la caridad fraterna en la convivencia de cada día. Así
por ejemplo, justicia, veracidad, generosidad, hospitalidad,
y tantas otras características clarificadas, fortalecidas
y reclamadas por la nueva existencia en el Espíritu.
d)
Un cuarto ámbito de la existencia humana renovada
es el mundo de las actividades y las relaciones profesionales,
el mundo de la economía y del trabajo. Los cristianos pueden
ejercer y de hecho ejercen todas o casi todas las profesiones
legítimas, pero es evidente que no todos los modos de ejercer
una misma profesión son igualmente propios de los cristianos.
La responsabilidad y el ejercicio de la justicia y de la
generosidad tienen que ser características del ejercicio
profesional de un cristiano en cualquier profesión o actividad
laboral y económica. Las amplitudes legales, los usos, las
preferencias más habituales no pueden ser el criterio definitivo
del comportamiento de los cristianos. Sólo actuando de manera
conforme con la caridad sobrenatural los cristianos seglares
transforman de verdad el mundo de acuerdo con los designios
de Dios y facilitan el advenimiento de su Reino.
e)
En último lugar, la acción transformadora de los
cristianos convertidos alcanza los ámbitos de la vida social
y pública, mediante el ejercicio de sus deberes y derechos
políticos, tanto en el ejercicio del voto como en la actuación
personal y asociada de aquellos cristianos que se dedican
a la acción social y pública, en el campo de la información,
de la opinión, o del gobierno en cualquier nivel y con cualquier
sigla o color. Aceptando la libertad y el pluralismo de
nuestra sociedad, y precisamente en ejercicio de esa misma
libertad y del pluralismo real, los cristianos pueden y
deben tener en cuenta los principios de la moral social
cristiana para actuar en política, ya sea en el ejercicio
del voto o en la actuación directamente política en los
diferentes partidos y en las actividades legislativas, desde
el ejercicio del gobierno o desde la oposición. Con frecuencia
la fe cristiana es desautorizada como inductora de intolerancias
e imposiciones. La actuación de los políticos cristianos
tendría que manifestar ostensiblemente que la fe cristiana
y el reconocimiento del Dios salvador, es fuente de una
actuación política verdaderamente justa y servicial, principio
de una sociedad libre, justa, pacífica y fraternal.
Cuando los cristianos
trabajan para construir un mundo ordenado al bien del hombre
“participan en el ejercicio de aquel poder por el que Jesucristo
resucitado atrae hacia si todas las cosas y las somete, consigo
mismo, al Padre de manera que Dios sea todo en todos (Cf Jn
12, 32; I Cor 15, 28).
[8]
Todo esto lo podemos
entender como comentario de las luminosas palabras de San
Pablo, los que viven en Cristo son una realidad nueva, lo
viejo está superado, aquí está ya la nueva creación [9]
III.
EL APOSTOLADO SEGLAR EN LA IGLESIA DE ESPAÑA. BALANCE
Y PERSPECTIVAS.
Pero nuestro congreso
no es un congreso para estudiosos que vienen a informarse
sobre las mejores ideas que hoy se puedan decir acerca del
apostolado de los seglares. Nuestro congreso quiere ser un
congreso práctico, que ilumine la situación del apostolado
seglar en nuestra Iglesia y si es posible impulse y movilice
la vocación apostólica de los cristianos seglares.
Cualquier proyecto
tiene que comenzar por levantar un plano lo más exacto posible
del punto de partida. ¿Cómo está en estos momentos el apostolado
de los seglares en nuestras Iglesias? ¿Qué puntos de apoyo
tenemos y que dificultades encontramos para impulsar una actividad
apostólica que responda a nuestras necesidades?
Si dirigimos nuestra
mirada a la realidad de nuestra Iglesia, veremos que la fuerza
y el vigor apostólico de nuestras comunidades cristianas es
hoy bastante deficiente.
Sin entrar a juzgar
las conciencias, ateniéndonos estrictamente a los signos externos,
nos vemos obligados a reconocer el gran desequilibrio existente
entre cristianos bautizados y cristianos convertidos. Si la
primera e indispensable mediación de cualquier transformación
cristiana de la realidad es la conversión personal, tendremos
que admitir la debilidad apostólica y transformante de nuestra
Iglesia en relación con su extensión sociológica. Ante las
estadísticas podemos insistir en aspectos diferentes. Podemos
recrearnos en ese casi 90 % de ciudadanos españoles que se
declaran católicos. O podemos insistir en que de ellos solamente
un escaso 30 % cumple externamente las obligaciones básicas
del cristiano. Podemos destacar que el 70 % de los matrimonios
se celebran según el rito católico y sacramental, pero no
podemos ignorar que el 20 % de estos matrimonios se separan
y dan lugar a otras uniones incompatibles con la moral cristiana
y si además nos preguntamos en cuántos matrimonios se aceptan
y se practican las normas morales enseñadas por la Iglesia,
veremos qué amplios y profundos son los deterioros de la conciencia
y las deficiencias de la vida de muchos cristianos.
Si nos asomamos
a la vida profesional y económica de nuestra sociedad, junto
a grandes avances en el reconocimiento de la justicia social,
podemos preguntarnos también cuántos cristianos ejercen su
profesión y actúan en el mundo económico y laboral con criterios
cristianos, sin reconocer el lucro y las ventajas personales
como razón determinante de su comportamiento, en la elección
y el modo de ejercitar su profesión.
Es evidente que
la aplicación de los criterios morales cristianos en la vida
cultural y política es una cuestión algo compleja que requiere
muchos matices. Pero aun así hay algunas afirmaciones fundamentales
que nos permiten valorar algo la situación en estos momentos.
Las actividades políticas de las personas, tanto en el ejercicio
del voto como en el ejercicio de todas las actividades políticas
están sometidas a la norma moral como cualquier otra actividad
humana. Los votantes tienen que votar de acuerdo con su conciencia
moral, y los gobernantes tienen que gobernar de acuerdo con
su conciencia moral rectamente iluminada y formada. No pueden
ser las mayorías o las encuestas los últimos criterios para
decidir lo que es bueno y lo que es malo, sino los criterios
morales objetivos, aceptados y aplicados por una conciencia
recta, juntamente con la ponderación prudente de las circunstancias
sociales, los que decidan el sentido, los contenidos de las
leyes y los objetivos preferentes de la acción de gobierno.
Decirlo, hacerlo posible, ejecutarlo así es un noble objetivo
cívico, moral y apostólico de los cristianos.
Se podría pensar
que una sociedad formada mayoritariamente por cristianos,
debería configurar su vida colectiva a la luz de la revelación
cristiana, sin imponer a nadie por la fuerza ni la fe ni las
costumbres cristianas pero sí ofreciendo a todos los frutos
culturales y sociales que la revelación de Dios y la redención
de Jesucristo promueven a favor de todos los hombres. Entre
estos valores promovidos en la historia por la revelación
cristiana se encuentra la afirmación de la igualdad básica
de todas las personas, pueblos y razas, sin marginaciones
ni discriminaciones de ninguna clase, el respeto por la libertad
de las personas y la tolerancia de unos con otros en un esfuerzo
común de convivencia sobre la base de unos postulados morales
aceptados y respetados por todos.
El pluralismo en
sí mismo no es una meta definitiva ni un bien último. Desde
el pluralismo, consecuencia inevitable de la libertad, todos
debemos buscar la verdad, aceptar su fuerza convincente y
ajustar nuestra vida a los conocimientos alcanzados y compartidos.
Sin esta búsqueda social e histórica de la verdad, apoyándose
en la capacidad de la razón y en la luz de la revelación divina,
y sin un respeto decisivo a unos principios de moral objetiva
fundada igualmente en la naturaleza humana y en la iluminación
de la revelación divina, la democracia resulta insostenible,
y puede degenerar fácilmente en una imposición de las mayorías,
previamente fabricadas por quienes controlan y manejan los
medios de comunicación.
La sociedad española
vive un período de secularización intensiva. Esta fascinación
por las cosas de la tierra está favorecida por el crecimiento
económico, por las múltiples ofertas de diversión y de ocio,
por la dureza de una vida reglada por las exigencias del trabajo
y de la economía, y por otros modos objetivos de vida. Pero
más profundamente está siendo fomentada por unas actitudes
que han llegado a ser verdaderas creencias sociales.
Aunque oficialmente
la transición política se hizo en forma de reconciliación,
en realidad los años de vida democrática han permitido el
desarrollo de una mentalidad revanchista según la cual los
vencedores de la guerra civil eran injustos y corruptos, mientras
que la justicia y la solidaridad estaba toda y sólo en el
campo de los vencidos. Por eso ahora en los años de democracia
se pretende desplazar como perversión cultural todo lo que
provenga de las décadas y aún siglos centrales de la historia
española, incluido claro está la valoración de la religión
católica como un componente importante del patrimonio espiritual
y cultural de los españoles.
Esta manera de
pensar, manifestada con mayor o menor explicitud, está siendo
difundida por importantes medios de comunicación desde hace
muchos años, domina en los partidos de izquierda, ha estado
presente en sus campañas ideológicas y está ahora presente
en las actividades legislativas y en muchas decisiones de
gobierno de nuestro gobierno actual. Hay un complejo movimiento
de secularización de las conciencias, en virtud del cual el
hombre occidental encuentra especiales dificultades para verse
a sí mismo como criatura y reconocer la existencia de un Dios
creador y redentor en cuya presencia adquiere todo su esplendor
la existencia humana. Aparte de este movimiento general, la
sociedad española está sometida a otras tendencias de signo
reivindicacionista y antieclesial que han hecho que el proceso
de descristianización tenga entre nosotros una amplitud y
una virulencia que en estos momentos no tiene ya en otros
países europeos.
Aun reconociendo
las dificultades ambientales contra la fe religiosa, cristiana
y eclesial, favorecidas por algunos medios de comunicación
de fuerte implantación, los cristianos tenemos que reconocer
que la debilidad de nuestra Iglesia tiene su primera causa
en nuestras propias debilidades espirituales. La debilidad
de la adhesión personal a las realidades y a la vida de fe,
la escasa formación intelectual, la falta de estima por la
propia fe, hacen a muchos de nuestros cristianos especialmente
vulnerables a la acción descristianizadora del ambiente, y
los incapacita para asumir una responsabilidad apostólica
en sus propios ambientes.
Cierto que no podemos
ser rigoristas ni exigir más de lo que la naturaleza humana
permite, pero es claro que la verdad y la autenticidad de
nuestro ser cristiano está reclamando una Iglesia en la que
se marquen más las novedades aportadas por Jesús, la novedad
de vida que El ha traído al mundo. Una Iglesia en la que los
cristianos hayan vivido un acto expreso y suficientemente
fundamentado de su decisión de fe en Jesucristo, en Dios,
en la Iglesia Católica. Y no basta un grado cualquiera de
personalización de la fe, la santidad es “presupuesto fundamental”
[10]
para la renovación de la Iglesia, para el anuncio del
evangelio y la extensión de la fe en el mundo.
Además de la debilidad
religiosa, y en gran parte consecuencia de ella, la Iglesia
española está profundamente dividida en grupos y tendencias
que comprometen la unidad y dificultan grandemente la actuación
de los cristianos en el mundo. Subsisten todavía grupos que
por una teología secularizada viven un alejamiento práctico
de la jerarquía difícilmente compatible con una comunión integral.
Sin llegar a situaciones tan extremas hay multitud de grupos
que viven y actúan con una relación muy tenue, más formal
que real con la jerarquía, encerrados en sus propios sistemas
y en sus propias ideas. Muchas congregaciones religiosas están
más preocupadas de sí mismas que de su servicio a la comunidad
eclesial. Y en muchos movimientos se adivina el sentimiento
de que su servicio a la Iglesia consiste en invitarla a copiar
universalmente sus ideas y procedimientos.
Como resumen, podemos
decir que en la España actual muchos cristianos viven en una
comunión espiritual eclesial y católica fragmentada y deficiente.
Lo que se llama “catolicismo a la carta” es realmente la manifestación
de una fe cristiana afectada por el predominio de la cultura
vigente y el sometimiento a los intereses materiales y personales
protegidos y favorecidos por la cultura y las instituciones
dominantes. Los cristianos que quieran ser apóstoles tendrán
que saber vivir en el mundo sin ser del mundo, vivir con todos
sin actuar como todos, y tendrán que saber renunciar a muchos
objetivos y aspiraciones que solamente están al alcance de
quienes se someten a la dictadura de lo “políticamente o culturalmente
correcto”. En la actual sociedad española el cristiano coherente
y fervoroso tiene que estar dispuesto a padecer una cierta
marginación social, cultural y hasta profesional, y en consecuencia
tiene que estar dispuesto a renunciar a muchos bienes sociales
y económicos, que no están al alcance de quienes se presentan
y actúan socialmente como cristianos coherentes. Es el martirio
moderno que prueba la autenticidad y consuma la perfección
de la fe de los cristianos que viven y actúan en el mundo.
En resumidas cuentas
tenemos que decir que la hora presente de nuestra Iglesia
no se caracteriza por un especial potencial apostólico. Más
bien estamos viviendo una época de enfriamiento religioso
generalizado y de debilidad profética y apostólica de la Iglesia.
- Muchos fieles bautizados abandonan la fe o la reducen
a unas vagas referencias que ya no configuran la mente ni
rigen la vida;
- otros nos dejamos influenciar por las influencias del
mundo no cristiano en ideas, sentimientos, preferencias
y valores;
- hay pocos cristianos que asuman la misión apostólica
de su vocación cristiana como una tarea expresa y determinante
en su vida;
- vivimos todos en el ambiente de una cultura contraria
a la fe, antropocéntrica, hedonista, mundana, que no reconoce
de manera efectiva ni la soberanía de Dios ni la primacía
de la vida eterna en la comprensión, ejercicio y configuración
de nuestra vida; los criterios, las actitudes no cristianas
crean conflictos, divisiones y distanciamientos entre los
cristianos que rompen la unidad, empañan el esplendor del
testimonio cristiano y debilitan el vigor espiritual y la
capacidad apostólica de la Iglesia.
- en esta situación
las organizaciones y asociaciones de los cristianos, absolutamente
necesarias para su buena preparación y su actuación efectiva
en los diversos sectores de la vida social, son escasas. Las
más clásicas, las más tradicionales o están desvitalizadas
por falta de renovación generacional o viven cautivas de viejas
concepciones, reactivas e ideologizadas, que las incapacitan
para desempeñar un papel importante en la vida y en el apostolado
de la Iglesia. Las más jóvenes y más pujantes desde el punto
de vista religioso y apostólico, son todavía escasas, se reducen
a grupos minoritarios que no han logrado todavía renovar al
conjunto del pueblo cristiano y con frecuencia viven excesivamente
encerradas en sí mismas sin una inserción efectiva en la vida
común de las parroquias y de las Diócesis.
IV.
ALGUNAS SUGERENCIAS PRÁCTICAS
¿Qué tendríamos
que hacer en la Iglesia española para promover de manera efectiva
el apostolado personal y organizado de los cristianos? No
creo que nadie pueda responder de manera completa y definitiva
a esta pregunta. “Con temor y temblor” intentaré simplemente
ofrecer unas sugerencias que podrán ser discutidas, modificadas,
enriquecidas o rechazadas en estas jornadas del Congreso y
sobre todo con las experiencias y resultados de los múltiples
esfuerzos que se desarrollan en todas nuestras Iglesias. Me
sentiré satisfecho si con mis palabras suscito vuestras reflexiones
y aliento vuestra esperanza.
La llamada de Juan
Pablo II a una nueva época de evangelización en las Iglesias
de vieja tradición cristiana, encierra estos elementos. Reconocimiento
de un decaimiento religioso generalizado, quiebra e insuficiencia
de los cauces y procedimientos tradicionales en la transmisión
de la fe, necesidad de recuperar el vigor apostólico de los
orígenes con la debida adaptación a las exigencias de la sociedad
contemporánea. Cada vez son más las personas que en nuestras
sociedades están necesitadas de una primera evangelización.
Esta es la misión más urgente de nuestras Iglesias y de todos
nosotros, sacerdotes y laicos, consagrados y seglares. Si
ha de haber un renacimiento del apostolado seglar en nuestras
iglesias, tendrá que surgir primero una renovación espiritual
y eclesial de nuestros cristianos, de nuestras comunidades
y parroquias. El apostolado de hoy tiene que ser un apostolado
evangelizador, nacido y crecido de la fuerza religiosa de
una Iglesia evangelizadora. Necesitamos convocar a los laicos
a esta labor de evangelización en estrecha comunión con sacerdotes
y obispos, movidos todos por un espíritu verdaderamente misionero.
[11]
Como siempre, hay
que comenzar por asentar los pies en el terreno firme de la
verdad. Y la verdad en este punto es que nuestra Iglesia no
está en trance de evangelización. Hace muchos años que estamos
hablando de parroquia misionera, de pastoral evangelizadora,
pero nuestros métodos y nuestras aspiraciones han cambiado
bastante poco. La inmensa mayoría de nuestras parroquias,
de nuestros colegios, de nuestras asociaciones siguen viviendo
y actuando ahora como hace veinte, treinta o cuarenta años.
Y en muchas cosas peor, porque somos más rutinarios, porque
tenemos menos iniciativas, porque la mayoría somos ya muy
mayores.
Ante estas afirmaciones
alguien podrá pensar que estoy transmitiendo un mensaje derrotista.
Nada más lejos de mi intención. Los cristianos no podemos
ser pesimistas ni derrotistas. Contamos con la presencia del
Señor, con la fuerza incoercible del Espíritu, con la asistencia
irrevocable de la Sabiduría y de la Providencia divinas. Desde
que Cristo redimió al mundo con la fuerza suprema de la debilidad
de la cruz, la condición normal de los cristianos es la de
una debilidad permanente de la cual nace la fuerza soberana
de la verdad y del espíritu de Dios. La debilidad reconocida
y la confianza en el Amor y la ayuda del Señor resucitado
son los dos pilares de nuestra verdadera fortaleza.
Los católicos españoles
tenemos que asimilar la experiencia de Pablo en medio de sus
tribulaciones. Nos tienen por impostores y somos veraces,
nos consideran trasnochados y estamos llenos de proyectos,
piensan que estamos a punto de desaparecer y sin embargo resistimos.
Nos acosan por todas partes pero no pueden con nosotros, andamos
a oscuras pero nunca perdemos la esperanza, nos vemos perseguidos
pero nunca aniquilados. Vivimos la debilidad de Jesús ante
sus verdugos, pero en esta debilidad se manifiesta el poder
de Dios y el esplendor de la nueva creación [12] En la debilidad somos más fuertes. [13] La debilidad de Dios es más fuerte que el poder de los hombres,
la ignorancia de Dios más sabia que la sabiduría de los hombres,
más eficaz que las técnicas y los poderes de este mundo. [14] Siendo débiles, somos más fuertes que los fuertes de este mundo,
porque contamos con la palabra de la verdad y la fuerza del
evangelio de Dios. [15]
Con
estos presupuestos quiero señalar algunos requisitos imprescindibles
para que pueda crecer y desarrollarse en nuestra Iglesia con
entera normalidad el apostolado de los seglares.
1º, Ante todo, nuestra
Iglesia, necesita clarificarse más, diferenciarse más en el
conjunto de la sociedad española que aunque conserve muchos
elementos cristianos ya no es cristiana de corazón. En años
pasados se desarrolló una mentalidad concordista que todavía
perdura. Es la mentalidad de quienes piensan que la Iglesia
para ser fiel al evangelio de Jesús tiene que adaptarse a
las preferencias y características de cada momento cultural.
Esta manera de ver las cosas se apoya en un concepto falso
de humildad y de misericordia. Nuestra humildad está en la
fidelidad al mandato recibido y la mejor misericordia es el
ofrecimiento del evangelio de Jesús en su radical originalidad
y en total integridad. Por eso junto con el anuncio y el servicio,
entre la Iglesia y el mundo hay también lugar para el escándalo
y el conflicto. Necesitamos liberarnos más a fondo de las
consecuencias negativas de unos decenios en los que pretendimos
identificar artificialmente la Iglesia con la sociedad. Esta
clarificación e identificación de la Iglesia en el conjunto
de la sociedad requiere que los cristianos lo sean con mayor
claridad y coherencia. Y quienes no quieran vivir la vida
cristiana en la comunión católica deberían renunciar a violentar
a la Iglesia para acomodarla a sus conveniencias. Todo lo
que queramos hacer como cristianos en nuestro mundo se sustenta
sobre la existencia de comunidades cristianas, más o menos
numerosas, pero sinceramente entusiasmadas con su vocación
cristiana, claramente conscientes de sí mismas, dispuestas
a vivir la vida personal, familiar y social de acuerdo con
el evangelio de Cristo y la doctrina de la Iglesia, sin temor
a ser criticadas por los poderes de este mundo, capaces de
presentar los contenidos de la salvación de Dios y hacerla
operativa en las actuaciones y relaciones de la vida social
concreta y verdadera. Es evidente que las comunidades fervorosas
suponen personas y familias que vivan intensamente su fe y
su vida espiritual es estrecha y gozosa comunión eclesial.
Tenemos a nuestro alcance muchos medios prácticos para caminar
en esta dirección. Podemos, por ejemplo, intensificar la acción
evangelizadora en los tiempos y celebraciones de la iniciación
cristiana, con la finalidad expresa de suscitar cristianos
convertidos, que vivan intensamente su consagración bautismal
y que estén suficientemente capacitados para vivir y anunciar
el evangelio en el contexto de la vida social real. Podemos
trabajar para que las celebraciones sacramentales respondan
de verdad a la fe de los participantes. Todos sabemos y aceptamos
la enseñanza de la Iglesia sobre la eficacia de los sacramentos
ex opere operato, en virtud de la muerte y de la resurrección
de Jesucristo. Pero también sabemos que esta infinita fuerza
santificadora de los sacramentos solo es eficaz en nosotros
en la medida en que aceptamos la acción santificadora de Dios
por medio de la fe y de la amorosa obediencia a su Palabra.
Poco a poco tenemos que ir consiguiendo que el bautismo sea
celebrado, aceptado y vivido como sacramento de la fe y de
la vida cristiana; que el sacramento de la conformación sea
realmente celebrado y aceptado como sacramento de la plenitud
bautismal; que los matrimonios sacramentales sean verdaderas
uniones realizadas en la fe de la Iglesia y con el amor fiel
y generoso del Señor. Mientras tanto podemos también convocar
y reunir a los fieles que viven en plena comunión católica,
invitándoles a superar las fronteras de sus diversas asociaciones
y movimientos y a asumir su parte en la misión evangelizadora
de la Santa Madre Iglesia poniendo lo común por encima de
lo específico y diferenciante. Y hará falta que los cristianos,
vitalmente reunidos en Iglesia, estimen su fe y su vida cristiana
y eclesial como la perla preciosa por la cual vale la pena
sacrificar otros falsos tesoros, y asuman como tarea propia
anunciar el Reino de Dios, difundir el evangelio de la salvación,
ayudar a sus hermanos a que conozcan a Jesucristo, sin buscar
otros intereses ni otros proselitismos particulares. Sin esta
renovación interior que nos ponga a todos en trance de expansión
no podrá haber un verdadero apostolado seglar.
2º, Un segundo paso
indispensable para que se desarrolle en las Iglesias de España
el apostolado de los seglares es el fortalecimiento de la
unidad interior de nuestras comunidades cristianas. Ciertamente
hemos vivido tiempos peores, con más diferencias, divisiones
y tensiones dentro de la Iglesia, pero estamos todavía lejos
de los niveles indispensables de comunión y de confianza.
Necesitamos trabajar para superar las desconfianzas entre
obispos, sacerdotes, teólogos y pueblo de Dios. Muchos de
nuestros fieles viven fuertemente influenciados en materias
dogmáticas y morales por las ideas ambientales, hay teólogos,
sacerdotes, seglares y religiosos, que proponen como medio
de renovación eclesial y condición para el apostolado eficaz
el sometimiento de la Iglesia, en la doctrina y en la vida,
a las pretensiones y conveniencias de la cultura materialista
y hedonista. Y no faltan asociaciones religiosas y seglares
que con la mejor voluntad atienden estas consignas en contra
de las enseñanzas y advertencias del Papa y de los Obispos.
Para muchos, no solamente fieles seglares sino también sacerdotes
y religiosos, para reforzar la credibilidad de la Iglesia
en nuestro mundo es indispensable mantener un cierto margen
de disentimiento habitual respecto del Papa y de los Obispos.
Mientras los cristianos no recuperemos la plena confianza
en nosotros mismos, y no sintamos el gozo y el agradecimiento
de ser miembros de nuestra Iglesia real y concreta, no seremos
creíbles ante el mundo ni surgirá en nosotros un deseo vigoroso
y resuelto de anunciar un evangelio en el que no acabamos
de creer. Es verdad que la renovación tiene que comenzar por
pequeños grupos minoritarios que vivan y actúen en la Iglesia.
Pero también es cierto que la realidad de Iglesia está en
las parroquias, en las que se agrupa el pueblo llano y sencillo,
sin otro título ni otro apellido que el honroso calificativo
de cristiano. A fin de cuentas son estas parroquias las que
tienen que recuperar su pulso espiritual, sus actos de piedad,
su capacidad de formar a los nuevos cristianos y de desplegar
la actividad apostólica que nuestro mundo necesita. [16] Mientras el clima espiritual de nuestras parroquias no sea
un clima de fervor, de unidad, de responsabilidad compartida
frente a las carencias de nuestro mundo, no podremos contar
con una Iglesia evangelizadora ni con unos cristianos apóstoles.
3º, El desarrollo
del apostolado seglar está pidiendo alguna modificación en
nuestra manera de concebir las relaciones entre la Iglesia
y la sociedad. Respetando la estructuración interna de la
Iglesia como comunidad jerárquica en la que algunos cristianos
cumplen un ministerio singular de presidencia en el nombre
de Cristo, tenemos que fomentar una manera de ser y de actuar
que reconozca a los seglares como zona de encuentro entre
la sociedad y la Iglesia, como confluencia real de lo sagrado
y lo secular, de la fe y la cultura, de la Iglesia y del mundo.
Ellos son la presencia más cercana y más profunda de la Iglesia
en el mundo y por eso mismo agentes principales del anuncio
del evangelio en el mundo y de la construcción real del Reino
de Dios. Los contactos y los acuerdos entre la Jerarquía de
la Iglesia y los poderes civiles seguirán siendo legítimos,
convenientes y hasta necesarios. Pero estos mismos instrumentos
jurídicos serán apostólicamente eficientes sólo en la medida
en que estén respaldados por un número creciente de cristianos
laicos, presentes y operantes en el mundo, que hagan valer
estos acuerdos utilizando los recursos y procedimientos de
una sociedad organizada democráticamente a favor del evangelio
de Jesucristo y del crecimiento de la vida cristiana entre
los ciudadanos. Bien está, por ejemplo, mantener unos acuerdos
con el Estado español que reconozcan el derecho de los católicos
a una enseñanza católica para sus hijos en el seno de la escuela
pública. Pero estos instrumentos jurídicos pierden fuerza
si luego no hay una comunidad de familias cristianas, que
valoren la educación religiosa de sus hijos como un bien de
primer orden y sean capaces de defender este derecho por todos
los procedimientos legítimos que ofrece una organización democrática
de la sociedad. Bien está que los obispos nos pronunciemos
en contra del aborto o de la manipulación de los embriones
humanos. Pero esto vale de poco si luego no hay unos cristianos
que mantengan la vigencia y el prestigio de estas enseñanzas
en los ambientes concretos de las relaciones humanas y de
la vida de cada día y exijan a los gobernantes el respeto
a unos principios morales y castiguen políticamente a los
programas que favorezcan legislaciones y comportamientos contrarios
a la ley de Dios y a la moral de la razón humana, desarrollada
a lo largo de la historia, iluminada, purificada y fortalecida
por la revelación de Dios.
De nuevo
hay que insistir en que para que los cristianos sean de verdad
presencia capilar de la Iglesia en la carne misma de la sociedad,
hace falta ante todo que sean Iglesia, que estén ganados por
el amor de Cristo con una fe viva y operante, que vivan de
acuerdo con las enseñanzas del evangelio y de la Iglesia en
su vida personal, en el ejercicio de su vida profesional,
en la vida familiar y en el ejercicio de sus relaciones y
obligaciones sociales. Ellos mismos, con su vida santa, tienen
que ser apoyo y confirmación de su palabra. Con esta condición
por delante surge espontáneamente como una marea testimoniante
y apostólica que hace de la convivencia cotidiana el mejor
instrumento para la difusión del evangelio y de la fe en Jesucristo.
¿Cómo se realizó la primera evangelización de nuestros países?
Cierto que fueron los Apóstoles y los varones apostólicos
los primeros mensajeros del evangelio. Pero luego fueron los
cristianos sencillos, los comerciantes, los soldados, los
esclavos quienes difundieron la fe, de manera imparable, por
el simple procedimiento de explicar confidencialmente la riqueza
que habían recibido al conocer la persona de Jesucristo y
haber creído en El y en su evangelio. La breve confidencia
de los discípulos tiene que seguir siendo hoy el más poderoso
plan de pastoral y de apostolado “Hemos conocido al Mesias”.
4º, Esta movilización
apostólica de los cristianos requiere también que tengamos
una conciencia clara de cual es el momento histórico de nuestra
sociedad, cuáles son las disposiciones espirituales y culturales
dominantes de nuestros conciudadanos y cuáles tienen que ser
en consecuencia los objetivos primordiales de la acción apostólica
y misionera de la Iglesia. Si en algunos momentos pudimos
pensar que una Iglesia sólidamente establecida tenía que poner
el acento en desarrollar el sentido social de sus miembros
y la solidaridad de la sociedad entera con los más necesitados,
tenemos que darnos cuenta de que hoy lo más urgente, el servicio
más grande y más urgente que la Iglesia tiene que hacer a
nuestra sociedad, el bien más grande que podemos hacer a nuestro
amigo o nuestro vecino, es ayudarle a creer en Dios, ayudarle
a descubrir a Jesucristo como Salvador, a verse a sí mismo
como hijo de Dios y heredero de la vida eterna. La Iglesia
entera debe desplegar un esfuerzo extraordinario para contrarrestar
los fermentos y falsos argumentos a favor de la indiferencia
moral y religiosa que circulan en nuestra sociedad, en ayudar
a los hombres y mujeres de buena voluntad a creer en el Dios
de Jesucristo como Padre común y fuente de la vida verdadera,
seleccionando los contenidos y los métodos de nuestro apostolado
en función de este objetivo primordial, esencialmente religioso
y estrictamente misionero. Esto vale igual para todos los
cristianos, clérigos como seglares, aunque lo tengan que hacer
con diferente autoridad, en momentos y lugares diferentes
y con métodos diversos adecuados a las diversas circunstancias.
Repetidas veces el Papa nos ha pedido que concentremos nuestro
apostolado en el anuncio de Cristo, de su persona, de su vida,
de su doctrina y de su misteriosa y poderosa presencia actual
en el mundo, constituido por el Padre Señor del universo.
Centro de la historia, piedra angular de la creación y de
la nueva humanidad. Tenemos que tener muy clara la conciencia
de que ninguna actividad, por humanitaria que sea, es un verdadero
apostolado si no conduce de alguna manera al anuncio explícito
de Jesucristo como Salvador y Redentor y al conocimiento de
Dios como Creador y Padre de misericordia. Por eso es urgente
que todos los cristianos seamos capaces de presentar una formulación
fiel y comprensible del kerigma apostólico como invitación
directa a la fe en Jesucristo y en el Dios de la salvación.
Una presentación del kerigma centrado en estas ideas: Hay
un Dios Creador del mundo y Padre de la humanidad, que nos
ha enviado a su Hijo para rescatarnos del mal y abrirnos las
puertas de la vida verdadera. El nos ha creado para vivir
eternamente en su presencia y ahora nos da el Espíritu santo
para justificarnos y enseñar a vivir como hermanos caminando
juntos hacia la patria celestial.
5º, Urge rehacer
el entramado cristiano de la sociedad humana, o, si se prefiere,
cristianizar el entramado de la sociedad, pero la condición
indispensable es que se recupere el fervor de los cristianos,
la confianza en el evangelio y la cohesión interna de las
comunidades cristianas. Nadie sabe lo que la división y el
disentimiento habitual dentro de nuestras comunidades han
podido restar energías y entorpecer los proyectos apostólicos
de nuestras Iglesias. El desarrollo del apostolado seglar
requiere que nuestras Iglesias particulares recuperen el vigor
espiritual y el entusiasmo misionero de los cristianos verdaderamente
convertidos. [17]
Para lograrlo hará
falta que los dirigentes y servidores de la comunidad, obispos,
sacerdotes, religiosos y educadores, incluidos los catequistas
y profesores de religión, asumamos actitudes misioneras, propias
de los tiempos de prueba y de persecución, centremos nuestros
trabajos en el servicio de la fe y de la vida espiritual de
nuestros hermanos, con más diligencia, más sabiduría, más
abnegación y más generosidad. Con estos precedentes podremos
ir contando con un número creciente de cristianos dispuestos
a dar testimonio de Jesucristo y del Dios de la vida y de
la salvación en el contexto real de la vida social, en la
enseñanza y en la vida intelectual y cultural, en las actividades
y proyectos económicos, en los debates políticos, en las decisiones
legislativas y en las actuaciones de los gobiernos, haciendo
ver las diferencias y las ventajas de una visión de la vida
y de unas soluciones concretas cuando se cuenta con la presencia
de Dios, con la ayuda de su revelación y los enriquecimientos
culturales y sociales que ellas producen cuando son aceptadas
y tenidas en cuenta. Hoy, por debajo de las mil diferencias
entre unos partidos políticos y otros, por encima de los continuos
debates y enfrentamientos políticos, tenemos que reconocer
que se está desarrollando en todo occidente, y en España con
especial virulencia, un gran debate de fondo religioso, en
la política, en la cultura, en las artes, en el esfuerzo global
por organizar la vida según las propias convicciones, lo que
se está en juego es el intento de organizar la vida humana
sin contar con Dios, como si fuéramos nosotros los dueños
absolutos y últimos de nuestra vida y de la creación entera,
en una descarnada y desesperada omnipotencia, en contra de
una cultura y de unas formas de vida que tienen en cuenta
la Soberanía y la Paternidad de Dios manifestada por Jesucristo
y asimilada por la fe personal. Esta situación no es ya un
problema solamente para la Iglesia, es también un problema
de cultura, de rumbo espiritual en el camino de la historia
y a largo plazo puede llegar a ser un problema de supervivencia
de la misma humanidad. Es preciso que los cristianos seglares
se empeñen a fondo en presentar la alternativa de una vida
humana entendida y, organizada y vivida teniendo en cuenta
la paternidad de Dios y la esperanza de la vida eterna, teniendo
en cuenta la justicia interior y el valor de la vida virtuosa,
favorecida interiormente por el Espíritu Santo, pero ayudada
también exteriormente por la educación y la formación, por
las creencias y usos sociales, por las leyes justas y el apoyo
de una cultura a la medida del hombre real, creado por Dios
y redimido por Cristo para la vida eterna. Somos poseedores
de una levadura capaz de transformar la masa entera, somos
la sal que preserva a la humanidad de la corrupción, tenemos
en nuestras manos la luz que quita las tinieblas del mundo.
Cómo podríamos callar por miedo o por desconfianza de nosotros
mismos, como podríamos renunciar a intervenir eficazmente
en la marcha de los acontecimientos. ¿No estaremos siendo
infieles y cobardes, culpables de un peligroso silencia, disfrazado
de prudencia y de aperturismo? ¿No estamos siendo la luz mortecina
que ya no ilumina, la sal sosa incapaz de dar ningún sabor,
la levadura envejecida que ya no transforma la masa?
6º, La acción apostólica
de los cristianos tiene unos espacios necesariamente personales
y espontáneos, difícilmente regidos por ninguna reglamentación.
Es el espacio de la vida familiar, de las relaciones humanas
espontáneas, de las actuaciones personales en el mundo de
las actividades profesionales. Un cristiano fervoroso y responsable
encuentra siempre mil oportunidades para hacer brillar la
luz del evangelio de Jesús ante las personas con las que convive.
Pero otras muchas actuaciones posibles y necesarias requieren
un trabajo organizado, estable, capaz de influir en otras
instituciones y en el conjunto de la opinión pública. Son
actuaciones que sobrepasan las posibilidades de una persona
sola y requieren la intervención de asociaciones adecuadas
y operantes. El Papa nos habla de “una nueva época asociativa”,
reconocida por el Sínodo de los Obispos y saludada como un
verdadero don de Dios. [18]
Para evitar confusiones
que se dieron ya entre nosotros hasta el punto de bloquear
el desarrollo de la acción apostólica y misionera de los cristianos,
se impone diferenciar bien dos clases de asociaciones. Unas
son todas aquellas cuyos fines quedan dentro del ámbito eclesial,
dentro de lo que son los objetivos primarios y directos de
la Iglesia, dirigidas a la buena formación y el apoyo de la
vida cristiana de los fieles seglares que luego han de desarrollar
sus actividades en el mundo secular. Hoy muchas de nuestras
parroquias no son capaces de ofrecer de una manera estable
y bien configurada la formación que necesita un cristiano
para actuar apostólicamente en su ambiente profesional o social,
ni pueden tampoco atender suficientemente a los fieles en
el día a día de su vida espiritual. Hacen falta asociaciones,
movimientos, que de una manera estable y bien organizada ofrezcan
métodos, instrumentos, ayuda personal para el crecimiento
de los cristianos en diversas vertientes de su vocación cristiana,
personal, familiar y social. Se trata de asociaciones estrictamente
eclesiales, que quedan dentro del ámbito de la vida y de la
misión directa de la Iglesia. Estas asociaciones pueden tener
también sus objetivos apostólicos generales, que luego los
cristianos podrán vivir en el contexto concreto de sus parroquias
y de sus Diócesis. En muchas partes se encuentran fuertes
resistencias y suspicacias en contra de estas asociaciones.
La postura decidida de la Iglesia y la experiencia de cada
día nos demuestra que sin asociaciones no podremos tener nunca
un laicado formado y apostólicamente operante de manera significativa.
Solo la asociación da continuidad y amplitud. Para que el
asociacionismo encuentre en nuestras parroquias la acogida
que necesita y merece, será preciso que los dirigentes de
las asociaciones se esfuercen sinceramente para dirigir de
tal manera la vida de sus asociaciones que sus miembros por
el hecho de pertenecer a una asociación o a un movimiento
se sienta más dentro de la parroquia y más cerca del común
de los cristianos, en vez de encerrarse en la propia asociación
y hacer de ella como un cómodo sustitutivo de la Iglesia madre
que es la casa de todos.
Otra clase muy
distinta de asociaciones son aquellas que, promovidas y hasta
formadas por cristianos, tienen como fin propio la intervención
de sus miembros en los diversos sectores de la vida social,
asociaciones profesionales para ayudarse a actuar cristianamente
en el terreno de su profesión, asociaciones de profesores,
de intelectuales, de padres de alumnos o de cristianos que
pretenden actuar de una u otra manera en la vida política.
Estas asociaciones, en la medida en que tengan objetivos
de naturaleza civil y secular, y recurran a procedimientos
civiles y seculares, perfectamente legítimos en la vida democrática,
tienen que ser reconocidas como asociaciones civiles, tanto
si están formadas sólo por cristianos como si son asociaciones
abiertas al público en general, aunque tengan un ideario cristiano
que permita participar a los cristianos sin restricciones
de conciencia.
En otros tiempos
hemos vivido esquemas híbridos y confusos en los que una asociación
de acción católica, estrechamente vinculada con la jerarquía
y asociada a su misión, se imponía como objetivo la reforma
de una legislación o la actuación en diversos campos de la
vida política o económica, con frecuencia, bajo la inspiración
dominante de una determinada ideología política. Esta falta
de claridad en la configuración de nuestras asociaciones y
en la delimitación de sus objetivos, ha dado lugar a muchas
tensiones dentro de la Iglesia y ha creado dificultades para
la comunicación y la comunión entre obispos y asociaciones
seglares, bloqueando el desarrollo y la aceptación del apostolado
asociado de los seglares. ¿Entra dentro de los fines de un
movimiento de Acción Católica promover un determinado modelo
de economía, o de contratos laborales, o de precios de los
productos en el mercado? Esa puede ser muy bien una batalla
que lleven adelante los cristianos desde dentro de asociaciones
civiles, inspirados y guiados por sus convicciones cristianas.
Pero esos objetivos estrictamente seculares no entran en la
misión de la Iglesia y por eso mismo tampoco caen dentro de
los fines propios de unas asociaciones eclesiales que no pueden
ir más allá de donde alcanza los límites de la vida y de la
misión de la Iglesia y por eso mismo tampoco caen dentro
de los fines propios de unas asociaciones eclesiales que no
pueden ir más allá de donde alcanza los límites de la vida
y de la misión de la Iglesia. Las asociaciones eclesiales
se han de centrar en formar y preparar a los cristianos para
que luego, inscribiéndose en otras asociaciones civiles o
promoviendo nuevas asociaciones adecuadas a sus deseos, traten
de alcanzar objetivos civiles, por procedimientos civiles,
guiados y estimulados por la fuerza de la fe y de la caridad
cristianas. Estamos necesitados de una mayor claridad conceptual
e institucional en estos asuntos. Y estamos especialmente
necesitados de una acogida y de un apoyo decidido al asociacionismo
de los cristianos para mejor conseguir los fines primordiales
de su vida espiritual y su capacitación para el apostolado.
7º, Las asociaciones
propiamente eclesiales tendrían que desarrollar un fuerte
sentido de comunión y de unidad, en la doctrina, en la vida
y en los objetivos y prioridades apostólicas, en estrecha
relación con el obispo y los sacerdotes, en una conciencia
fuerte de unidad de vida y de misión. Es un error y una tentación
la actual tendencia a subrayar excesivamente los carismas
especiales, dando más valor a lo específico que a lo común,
apropiándose con frecuencia como notas propias de una congregación
o de una asociación de notas y bienes que son comunes y propias
de toda la comunidad cristiana. Esta tendencia a hacer prioritario
lo específico, dejando en segundo lugar lo que es común, que
es siempre lo más importante, no favorece la conciencia de
la unidad, dificulta la colaboración y debilita el vigor y
la capacidad apostólica de la comunidad eclesial en su conjunto.
En cambio,
las asociaciones seculares en las que militan los cristianos
conviene que tengan la mayor autonomía posible, para que se
muevan en el terreno de las instituciones seculares con la
misma libertad y los mismos derechos que los demás, dejando
la vinculación eclesial a las relaciones personales de los
cristianos con los responsables y los miembros de su comunidad
eclesial y la fidelidad a la doctrina y motivaciones cristianas
en la elaboración de los estatutos, selección de objetivos
y realización de sus actividades.
Estas
asociaciones seculares pueden ser promovidas por cristianos
con una inspiración cristiana en su misma estructura, o bien
pueden ser asociaciones seculares preexistentes, en las que
los cristianos puedan actuar cómodamente según su conciencia.
Es evidente que los cristianos pueden militar en cualquier
asociación con tal de que sus fines no sean expresamente contrarios
a la doctrina y a la moral católicas. En cualquier caso el
mínimo requerido para que los cristianos puedan militar en
una asociación secular no confesional es que tengan la suficiente
libertad y el suficiente respeto como para poder disentir
de todo aquello que sea contrario a su conciencia y no encuentren
un rechazo sistemático a los argumentos y sugerencias inspiradas
en la tradición cristiana. Tenemos el derecho a preguntarnos
si hoy los católicos que militan en ciertos partidos políticos,
sindicatos u otras asociaciones semejantes, tienen esta libertad
y sobre todo si tienen el valor de hacer valer sus puntos
de vista siempre que estén comprometidos los juicios y valores
de la conciencia cristiana. Más en concreto, ¿los cristianos
que militan en IU o en el PSOE pueden discutir y exponer sus
argumentaciones y su visión del aborto, del respeto a la vida
en sus diferentes fases, de la protección del verdadero matrimonio
en los órganos competentes, en igualdad de condiciones con
los demás? ¿Lo hacen de hecho? He aquí una grave cuestión.
A veces tiene uno la sensación de que algunos cristianos comprometidos
políticamente critican más a la Iglesia desde los presupuestos
de sus partidos respectivos, que los programas políticos de
sus partidos desde los presupuestos de la Iglesia. Puede más
la identidad partidista e ideológica que la identidad eclesial
y cristiana.
8º, En este terreno
de las asociaciones seculares desde las que militen y actúen
los cristianos en la vida social y pública haría falta insistir
en dos características. Hace falta seleccionar mejor los objetivos
y los campos de influencia. ¿Cuáles son hoy los sectores más
influyentes en la configuración de la opinión pública, de
la cultura vigente, de las condiciones de vida colectivas?
En definitiva ¿cuáles son los sectores de la vida más influyentes
en la mentalidad y el comportamiento de las personas desde
las cuales se les puede ayudar mejor y más eficazmente a conocer
la salvación de Dios y disfrutar de sus bienes? Quien mira
con realismo el panorama de nuestras naciones de Occidente,
el tono vital de la sociedad española, es evidente que la
tarea más urgente para toda la Iglesia, no sólo para los clérigos
o los religiosos, sino para todos los cristianos es la evangelización.
No acabamos de entender que tenemos que centrar nuestros esfuerzos
en sembrar de nuevo la fe cristiana en las generaciones jóvenes,
mayoritariamente alejadas de la fe cristiana y del reconocimiento
del Dios verdadero. Así lo presenta insistentemente Christifideles
laici [19]
Hoy,
en la sociedad española, un cristiano seglar que quiera colaborar
activamente en la misión de la Iglesia, tiene ante sí estos
temas urgentes y preferentes:
-
En el campo de las realidades
religiosas
-
la primera necesidad es renovar y vigorizar la vida
espiritual de los cristianos, sacerdotes, religiosos y laicos,
fortalecer la comunión eclesial en las personas, los grupos,
comunidades y asociaciones, recuperar el sentido de la misión
apoyado en el reconocimiento de Jesucristo, Hijo de Dios y
Salvador único de todos los hombres.
-
la dignificación racional y cultural de la fe, de
la vida religiosa, de la presencia y la actuación de la
Iglesia en el conjunto de la vida social;
-
la fundamentación racional de la existencia de Dios,
de su carácter personal y providente;
-
la justificación histórica, antropológica, histórica
y salvífica de la fe en Jesucristo como Hijo de Dios, redentor
y salvador de la humanidad.
-
El conocimiento y la estima de la existencia humana
purificada, dignificada y santificada por la redención de
Jesucristo y la efusión del Espíritu Santo.
-
La difusión de las mil obras buenas que favorece
y promueve la iglesia en la vida personal y familiar, profesional
y social, en relación con los más necesitados y los momentos
más difíciles de nuestra vida. Etc.
- Intervenir en los medios de comunicación, con criterios
cristianos, en toda su compleja y poderosa realidad, empresas,
agencias, columnistas, comentaristas, informativos y noticiarios,
debates, siempre en defensa sincera de las libertades y
del bien común, con absoluta veracidad y plena justicia.
- Hacerse presentes en la acción y gestión política, desde
el gobierno o desde la oposición, reivindicando el derecho
a actuar en política desde las convicciones arraigadas en
la fe cristiana, mostrando prácticamente la fecundidad social
de la moral cristiana bien entendida y sinceramente aplicada,
recuperando la inspiración social de la política como servicio
al bien común de las familias y de todos los sectores sociales,
sin discriminaciones ni partidismos, sin anteponer los intereses
de nadie al servicio sincero de las necesidades y conveniencias
comunes.
- Promover por todos los medios el servicio al desarrollo
integral de los más necesitados en el marco nacional y en
la política internacional, promoviendo planes de ayuda
desinteresada y efectiva que proporcione a todas las personas
las posibilidades básicas de desarrollo y perfeccionamiento,
que acorte las distancias entre los pueblos y favorezca
la comunicación y la colaboración entre todos los pueblos
de la tierra. Una política cristianamente inspirada tendría
que buscar el modo de ayudar a los pueblos subdesarrollados
de manera eficaz y desinteresada para dotarles de las estructuras
y condiciones necesarias que les permitan incorporarse activamente
a la convivencia internacional sin inferioridades ni dependencias.
- Promover desde todos los puntos posibles la defensa de
la vida y de la dignidad de la persona, desde su concepción
hasta su muerte natural. Es el momento de luchar para que
la ciencia y la técnica respeten la dignidad de la persona
como una realidad de valor supremo que no puede ser utilizada
para ninguna utilidad material como si fuera una mercancía.
Nuestro gobierno acaba de autorizar la investigación con
embriones humanos. ¿No hay cristianos que defiendan lo contrario
desde las asociaciones profesionales o desde las instituciones
políticas?
- Los cristianos seglares tienen que hacerse presentes
en el gran mundo del sufrimiento, de la enfermedad, de la
soledad, de la invalidez, por medio de su presencia profesional
o con carácter voluntario, actuando según el espíritu del
Buen Samaritano, tienen que demostrar en este mundo cada
vez más individualista y más dominado por el dinero, la
posibilidad de una relación verdaderamente amorosa, interesada,
atenta, gratuita, que hace presente el amor y la bondad
de Dios en el mundo, ampliando los sentimientos de misericordia
y de compasión del corazón de Cristo ante los enfermos,
los pobres abandonados, los más heridos por la soledad y
la desesperanza.
- Defender la libertad de enseñanza y de educación, mejorar
los métodos y los contenidos, fomentar también la calidad
de la enseñanza pública, en toda su amplitud, desde la
escuela primaria hasta la universidad, fomentar la formación
cristiana y pedagógica de los profesores, dignificar el
noble oficio del magisterio en todos los niveles, etc.
- En nuestra sociedad está siendo una necesidad urgente
fundamentar la estima del matrimonio estable y fecundo como
célula básica de la sociedad, en nada comparable con otras
formas posibles de convivencia y el valor irremplazable
de la familia fundada en el matrimonio estable y fecundo
como lugar apropiado de la multiplicación de la vida, el
nacimiento, crecimiento y educación de las nuevas personas.
A la vez es importante actuar a favor de una buena educación
afectivo-sexual de los jóvenes, como elemento básico de
la felicidad personal, de la convivencia social y de la
normalidad de las personas en sus compromisos afectivos,
profesionales y sociales.
CONCLUSIÓN
En resumidas cuentas
solo he querido deciros dos cosas,
-
el apostolado de los seglares es el apostolado capilar,
amplio, multiforme y multipresente de una Iglesia formada
por cristianos convertidos, agradecidos por los bienes recibidos
con la fe, deseosos de ofrecérselos y transmitírselos a
sus familiares, amigos, vecinos y conciudadanos.
-
En España necesitamos comenzar por fortalecer y
clarificar religiosamente nuestras comunidades básicas
que son las parroquias, necesitamos recuperar la valoración
de la fe y la confianza en nosotros mismos como discípulos
y miembros de Cristo, para entrar en una comunicación de
comprensión y de profecía con nuestros conciudadanos que
han perdido las huellas de Cristo y han dejado de confiar
en su Iglesia.
Juan Pablo II concluía
así su exhortación apostólica Christifideles laici,
acerca de la vocación y misión de los fieles cristianos en
la Iglesia y en el mundo:
“En los umbrales
del tercer milenio, toda la Iglesia, pastores y fieles, ha
de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al
mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena
Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15), renovando su empuje
misionero. Una grande, comprometedora y magnífica empresa
ha sido confiada a la Iglesia: la de una nueva evangelización,
de la que el mundo actual tiene una gran necesidad. Los
fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable de
esta empresa, llamados como están a anunciar y servir el evangelio
en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas
y de la sociedad”.
Siguiendo
el ejemplo del Papa, concluyo mi exposición con una oración
a la Virgen María, Madre de Jesús, madre de la Iglesia y madre
de todos los hombres:
Oh Virgen María,
Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,
Contigo damos gracias
a Dios por el don de la fe y de la salvación que esperamos,
Llena nuestros corazones
del ardor necesario para sentirnos apóstoles de tu Hijo,
Danos tu misma disponibilidad
para cumplir el mandato del Señor
Para el conocimiento
de Dios y la salvación de nuestro mundo,
Virgen fiel, ayúdanos
a obedecer al mandato de tu Hijo y a la llamada de la Iglesia,
Virgen valiente,
ayúdanos a vencer las dificultades que encontremos para ser
apóstoles de tu Hijo en la vida real de cada día,
Virgen misericordiosa,
ayúdanos a amar a nuestros hermanos para llevarles el conocimiento
de tu Hijo y del Padre celestial,
Tú que fortaleciste
la fe de los Apóstoles y pediste para ellos la fuerza del
Espíritu Santo,
Haz que vivamos
ahora un verdadero Pentecostés que haga de nosotros apóstoles
de tu Hijo,
Sostennos para que
vivamos siempre como fieles hijos de la Iglesia de tu Hijo
Y trabajemos decididamente
para construir en esta tierra
La ciudad de la
verdad y del amor,
En la que sea reconocido
y glorificado el Dios Creador y Salvador.
Amén
[1]
Cont. Lumen Gentium, c.II, n. 17 La misma doctrina
expuesta más ampliamente en Apostolicam Actuositatem.
Lo vocación cristiana es siempre vocación para el apostolado.
Los tiempos actuales permiten y requieren la movilización
apostólica de todos los fieles cristianos.
[2]
Cf. Ecclesia in Europa, n. 41
[3]
Conc. Vaticano II, Decreto Apostolicam Actuositatem,
3
[4]
.Juan Pablo II, Christifideles laici,
n.9
[5]
Decreto Apostolicam Actuositatem, n. 6
[7]
Citado por Juan Pablo II en Christifideles laici,.
n.15
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