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HOMILIA
del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid
en la Clausura del Congreso de Apostolado Seglar
Madrid, 14 de noviembre
de 2004
Mis queridos hermanos y hermanas
en el Señor:
1. Con esta Eucaristía
solemne clausuramos el Congreso de Apostolado Seglar celebrado
por iniciativa de la CEE en Madrid desde el viernes pasado con
una amplísima y rica participación de fieles laicos
de todas las Diócesis de España, acompañados
por sus Obispos y sacerdotes. Nuestra "Acción de
Gracias" se concreta y dirige al Señor por los frutos
apostólicos y pastorales de estas densas jornadas de
reflexión, diálogo y oración, compartidas
en un espíritu de gozosa comunión eclesial en
torno a una triple urgencia para los seglares católicos
de la España de hoy: la de sentir y vivir la llamada
a ser cristianos en el mundo con todas sus exigencias intrínsecas
y con todas las consecuencias históricas, determinadas
por la hora presente de la Iglesia y de la sociedad española;
la de comprender y realizar esta llamada en plenitud, sin recorte
alguno y, por lo tanto, como una vocación a la santidad;
y, finalmente, la de traducirla en un valiente compromiso apostólico
al servicio de la misión de la Iglesia, que no es otra
que la de evangelizar.
¡Sí, damos gracias
a Dios Padre, por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo,
en virtud de la gracia del Espíritu Santo, por haber
comprendido un poco más profundamente la riqueza del
don de la salvación definitiva que nos ha sido dada y
adquirida por el amor sacerdotal del Hijo, clavado y muerto
en la Cruz por nosotros y victorioso en la Resurrección!
Con esta certeza fundamental
de nuestra fe, renovada en este Domingo, ya al final del Año
litúrgico del 2004, más conscientes y agradecidos
por la gracia recibida de ser cristianos -¡nuestra común
condición ante Dios, de fieles y pastores en la Iglesia!-,
y de poder vivir como tales en medio de la sociedad y entre
los hombres de nuestro tiempo, después de esta luminosa
y reconfortante experiencia del Congreso de Apostolado Seglar
que estamos concluyendo, podemos pedir al Señor, Dios
nuestro, convencidos más íntima y decididamente
que nunca, que nos conceda vivir siempre alegres en su servicio,
porque en servirle a Él, creador de todo bien, consiste
el gozo pleno y verdadero.
2. Porque no nos podemos ni debemos
engañar, ni a nosotros mismos, ni a nuestros contemporáneos:
¡sólo el servicio a Dios, Creador y Redentor del
hombre, abre a cada persona y a la humanidad entera el camino
que, a través de la historia, puede conducirle a la victoria
sobre todo mal, en especial el mal de los males: el de la muerte
temporal y eterna!
La tentación del hombre
de autodefinirse como autor primero y último de su propia
felicidad, de poner "sus llaves" -las del ser feliz-
en sus propias manos, al margen de Dios, incluso, plantándole
cara, le ha acompañado desde el principio. En "la
modernidad" -¡acordémonos de lo sucedido en
el siglo XX con sus dos guerras mundiales y el triunfo político
de los más terribles totalitarismos de la historia!-
y en la encrucijada de este comienzo del tercer milenio, tan
poderoso y tan brillante en muchos de sus adelantos científicos
y técnicos y tan transido de dolor, de miseria y de muerte
en muchos lugares y situaciones por los que atraviesa el mundo
actual, esa tentación se ha convertido para los grandes
poderes que rigen los destinos del mundo en una fascinación
irresistible y en una habitual norma de conducta, tanto en el
ámbito de lo privado como en lo público.
Ya decía proféticamente
Juan Pablo II, refiriéndose a Europa, en el acto europeísta
de la Catedral de Santiago de Compostela el 9 de noviembre de
1982, con el que ponía fin a aquel su primer e inolvidable
viaje apostólico a España: que la división
más honda que atravesaba el corazón de los pueblos
europeos no era tanto la que procedía de su enfrentamiento
confesional, más o menos superado, o de los choques políticos
de la segunda mitad del pasado siglo, simbolizados por el telón
de acero y el muro de Berlín, sino la que estaba surgiendo
de la creciente opción de vida, hecha por muchos ciudadanos
de Europa y por las más influyentes corrientes de su
cultura y opinión públicas, negando explícitamente
a Dios o viviendo como si Dios no existiese; más aún,
"por la defección de bautizados y creyentes de las
razones profundas de su fe y del vigor doctrinal y moral de
esa visión cristiana de la vida que garantiza equilibrio
a las personas y comunidades". Su exhortación postsinodal
sobre la Iglesia en Europa confirmaba hace poco más de
un año la vigencia agravada de este pronóstico.
Son ya muchos los europeos a los que no ha llegado el primer
anuncio del Evangelio.
3. Ante este formidable reto
histórico con el que nos encontramos la Iglesia y los
cristianos de comienzos del tercer milenio, en España
y en Europa, dejemos que la luz de la palabra de Dios ilumine
nuestra fe con su claridad inconfundible, llene de gozoso vigor
muestra esperanza y nos impulse a vivir ya aquí en la
peregrinación de la historia la victoria definitiva del
amor de Cristo Resucitado:
Sí, llegará el
día "ardiente como un horno", como profetizaba
Malaquías, en el que "los malvados y perversos serán
la paja"; en el "que no quedará de ellos ni
rama ni rastro"; pero, en cambio, a los que honran el nombre
de Dios "los iluminará un sol de justicia que lleva
la salud en las alas".
Ese día ha llegado ya
de forma sorprendente y absolutamente insospechada, aunque su
revelación plena esté pendiente aún: el
Hijo ha tomado carne del seno de la Virgen María; su
infinito amor, lleno de misericordia, le ha llevado al Sacrificio
de la Cruz, aceptado por el Padre el día de la Resurrección,
abriendo las puertas de la Gloria a la humanidad entera. El
juicio de Dios se manifestaba misericordioso hasta límites
insuperables para todos los que en medio de las vicisitudes
de este mundo vencen día a día el pecado en su
existencia personal y en la vida del mundo, siendo testigos
de ese Evangelio de la Gracia que ha hecho nueva la Ley de Dios:
que ya se puede cumplir en la tarea y en el trabajo cotidiano
y que nos salva, como lo mostraba San Pablo a los Tesalonicenses:
"ya sabéis cómo tenéis que imitar
nuestro ejemplo": trabajando y labrando en todos los surcos
de la historia, con la perseverancia y el sudor propio de los
evangelizadores.
4. Ser testigos, aquí
y ahora en España, es una exigencia que habéis
descubierto con acentos propios y concretos en estos días
de Congreso, precisamente como fieles laicos y a través
de vuestra específica responsabilidad de ser instrumentos
imprescindibles de santificación de todas las realidades
temporales: desde el matrimonio y la familia, hasta la escuela,
la cultura, la opinión pública, el mundo de la
economía y del trabajo y de la comunidad política.
¡Testigos de Jesucristo y de su Evangelio, y de nadie
y de nada más! Testigos de un Evangelio plena y limpiamente
conocido, creído, profesado y vivido en la comunión
de su Iglesia.
"España evangelizada,
España evangelizadora, ése es el camino",
nos decía el Papa en sus palabras de despedida al finalizar
la Eucaristía de las cinco canonizaciones de la Plaza
de Colón el día 4 de mayo de 2003. Palabras conmovidas,
llenas de una no contenida emoción. Con los jóvenes
de España, a los que Juan Pablo había entusiasmado
en la Vigilia de la tarde anterior en "Cuatro Vientos",
invitándoles a ser testigos claros, directos y creíbles
de Jesucristo, a partir de la experiencia interior del trato
íntimo con Él, aprendida en "la Escuela de
María", debemos hoy todos los fieles de la Iglesia
en España, especialmente los fieles laicos, acoger como
una voz del Espíritu la exhortación final del
Papa en aquella luminosa mañana madrileña: "No
descuidéis nunca esa misión -la de la Evangelización-
que hizo noble a vuestro País en el pasado y es el reto
intrépido para el futuro... se puede ser moderno y profundamente
fiel a Jesucristo".
En esta "Tierra de María",
con su amparo y auxilio y con la intercesión de tantos
santos contemporáneos, del último de los beatificados,
Pedro Tares, figura insigne de seglar apostólicamente
comprometido en horas y circunstancias dramáticas de
nuestra historia, podemos y debemos proclamar hoy con palabras
de Juan Pablo II: ¡el futuro nos pertenece! Los jóvenes
católicos de España, unidos a muchos de sus hermanos
europeos, lo han vuelto a poner de manifiesto en su peregrinación
al Sepulcro del Apóstol Santiago, en agosto pasado, dispuestos
a ser testigos de Jesucristo para una Europa de la esperanza.
¡No, no hay que tener miedo
a ser testigos, a pesar de todas las incomprensiones y persecuciones
que nos sobrevendrán como el Señor lo ha predicho!,
porque "ni un cabello de vuestra cabeza perecerá,
con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas".
¡El futuro es del Evangelio:
del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo! La esperanza
del futuro en España es esa juventud que vuelve a descubrir
con inusitada y contagiosa frescura el gozo de ser cristiano,
de haber encontrado a Jesucristo, el valor del patrimonio de
fe y de vida recibido de sus mayores a través del anuncio
y la experiencia del Evangelio, vivido a través de la
historia milenaria de sus Iglesias diocesanas, que hoy recordamos:
nacidas al calor de la predicación apostólica
en los albores mismos de la era cristiana. Ellos son la nueva
semilla de una Iglesia viva que florece y florecerá en
España con frutos de justicia, de amor y de paz.
Amén.
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